La historia no recuerda a los presidentes por la retórica que emplearon, sino por las decisiones que asumieron cuando el contexto lo exigía. Ronald Reagan entendió esto con claridad. Como 40.º presidente de los Estados Unidos, no se limitó a administrar el statu quo de la Guerra Fría, sino que asumió una confrontación estratégica, política y moral contra el comunismo internacional, consciente de que este no solo operaba como una amenaza externa, sino que se infiltraba en las debilidades internas de las democracias occidentales.
El desenlace es conocido. Sin desconocer el papel de figuras clave como el papa Juan Pablo II, Mijaíl Gorbachov y líderes del bloque soviético que facilitaron el colapso final, el liderazgo de Reagan fue determinante para debilitar el andamiaje ideológico, económico y político que sostenía al imperio soviético. La caída del Muro de Berlín no fue un accidente histórico, fue la consecuencia de una estrategia sostenida, coherente y sin ambigüedades.
Hoy, décadas después, Donald Trump, 47.º presidente de los Estados Unidos, enfrenta un desafío distinto en forma, pero similar en esencia. Desde 1959, el hemisferio occidental ha sido escenario de convulsiones políticas y sociales alimentadas por la exportación ideológica de la revolución cubana. Un proyecto que fracasó estrepitosamente en lo económico y lo social, pero que ha sobrevivido gracias a su capacidad de infiltrarse en las debilidades estructurales de las democracias latinoamericanas, utilizando el discurso de justicia social, soberanía y antiimperialismo como instrumentos de manipulación política.
Cuba, más que una nación soberana en términos reales ha funcionado como el eje ideológico de un sistema de desestabilización regional. Sus gobernantes han dependido históricamente del respaldo externo y han persistido en exportar su modelo, primero mediante la lucha armada y luego a través de narrativas dirigidas a los sectores más vulnerables de las sociedades latinoamericanas, prometiendo soluciones fáciles a problemas complejos. El resultado ha sido recurrente, y se traducen en regímenes autoritarios, economías colapsadas y sociedades sometidas a la coerción y al control político. Identificación absoluta con países fuera del continente que también le han servido a esa revolución para mantenerse en el poder, aun y cuando oprimen a su propio pueblo.
En este contexto, Venezuela se convirtió en el principal sostén financiero, político y operativo de la revolución cubana en el siglo XXI. Durante años, el régimen cubano actuó como la rémora que se alimentaba del tiburón venezolano, permitiendo que La Habana prolongara su influencia regional a costa de la destrucción institucional, económica y social de un país que alguna vez fue referente democrático en América Latina. El Chavismo fue el propulsor de esta aberración política.
Por ello, el primer paso dado por el gobierno de Trump mediante la operación realizada en Venezuela no debe interpretarse como un hecho aislado, sino, interpretamos nosotros, como una señal estratégica. Al golpear el eslabón que sostenía materialmente la proyección cubana en el continente, se envía un mensaje claro, el problema no es únicamente La Habana, sino la red de regímenes que han permitido que ese modelo sobreviva y se reproduzca. Estos “clones” han hecho de esa revolución dictatorial el brotar casi en cualquier lugar y multiplicarse sin esfuerzo, tal y como lo hace una planta suculenta como comestible, y también maleza, apegándose a la frase muy dominicana que reza, citamos: «rinde como la verdolaga».
Es por eso que, si Trump aspira a un legado histórico comparable al de Reagan, este no se medirá por sanciones simbólicas ni por declaraciones grandilocuentes, sino por su capacidad de desmantelar, desacreditar y aislar definitivamente la ideología que ha servido de incubadora a dictaduras de izquierda en el hemisferio. Hoy, a diferencia del siglo XX, existen herramientas poderosas, internet, redes sociales y acceso inmediato a la información, que permiten exponer con claridad la verdadera naturaleza de estos proyectos como sistemas de poder que gobiernan mediante la presión, la propaganda y la represión, mientras invocan un patriotismo que ellos mismos pisotean.
Los pueblos que han caído en estos cantos de sirena ya conocen el desenlace. La supuesta defensa de la soberanía termina siendo la negación de la libertad; el discurso de amor a la patria deriva en control absoluto del poder; y la promesa de igualdad se traduce en pobreza estructural y exilio masivo.
La historia, una vez más, coloca a un presidente estadounidense ante una disyuntiva clara, y es el de administrar el problema o enfrentarlo. Reagan eligió lo segundo. El tiempo dirá si Trump está dispuesto a asumir el mismo costo político para reclamar un legado que trascienda su presidencia y marque un punto de inflexión para el hemisferio occidental.
Por MAR



