Qué fácil puede resultar reconocer lo bueno en los demás.
Felicitamos a alguien por un logro, admiramos su disciplina y hasta somos capaces de recordarle todo lo que ha conseguido cuando lo vemos dudar de sí mismo.
Pero cuando se trata de nosotros, la conversación suele ser diferente.
Alguien nos felicita y respondemos:
“Bueno, tampoco fue para tanto.”
Nos dicen que hicimos un buen trabajo y enseguida explicamos lo que pudo quedar mejor.
Parece que sabemos reconocer, pero muchas veces nos dejamos fuera del reconocimiento.
Quizás porque confundimos reconocernos con presumir.
Y no son lo mismo.
Reconocer nuestros esfuerzos, capacidades y avances no significa pensar que somos mejores que los demás. Significa aprender a mirar nuestra historia con justicia.
Hay personas que pueden enumerar con facilidad sus errores y defectos, pero cuando les preguntas por tres cualidades propias necesitan varios minutos para encontrarlas.
No porque no las tengan.
Porque no están acostumbradas a mirarlas.
Y te voy a confesar algo: yo también he tenido que aprender esto.
Durante mucho tiempo me ha resultado más fácil reconocer aquello que necesito mejorar que hablar de mis capacidades. Algunos mentores incluso me han hecho notar algo que yo misma no siempre veía: que me cuesta reconocer y mostrar lo que sé hacer bien.
Porque una cosa es vivir desde la humildad y otra muy distinta es hacernos pequeños para no parecer arrogantes.
Hoy sigo aprendiendo a mirar lo que necesito mejorar, pero también a darme crédito por lo que he construido, por lo que sé hacer y por la mujer en la que me he convertido.
Y no necesitamos esperar un gran logro para reconocernos.
A veces hay mucho que valorar en cosas que nadie aplaude: pedir ayuda, decir que no o cumplir una promesa que nos hicimos a nosotros mismos.
Eso también cuenta.
Pero hay un reconocimiento que puede resultar todavía más difícil: reconocer el valor de alguien que no nos cae bien.
Es fácil destacar las cualidades de quienes queremos o admiramos. El verdadero reto aparece cuando alguien nos incomoda y, aun así, somos capaces de admitir que es talentoso, competente o excelente en lo que hace.
Reconocerlo no significa justificar aquello que no nos gusta. Significa tener la madurez de comprender que podemos cuestionar algunos aspectos de una persona sin negar las cualidades que también posee.
Y quizás ahí también deberíamos mirarnos.
Porque así como podemos negar las cualidades de quien no nos agrada, también podemos pasar demasiado tiempo ignorando las nuestras.
Por eso hoy quiero proponerte algo sencillo:
Antes de terminar el día, piensa en algo que puedas reconocerte. Puede ser una decisión, una actitud, un esfuerzo o simplemente algo que esta vez hiciste diferente.
Y cuando aparezca esa voz que intenta responder “eso no es para tanto”, pregúntate:
Si esto lo hubiera hecho alguien que quiero, ¿también le quitaría valor?
Quizás hemos pasado demasiado tiempo esperando que otros reconozcan aquello que nosotros mismos todavía no hemos aprendido a mirar.
Reconocerte no es arrogancia. Es aprender a no ser invisible ante tus propios ojos.
Nathalie Tejada
Mentora en Desarrollo Humano
Fundadora de Psicopaz
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