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La magia de la mentira

Hay una verdad incómoda que rara vez se dice sin rodeos, y esta se centra en la propaganda ideológica de la izquierda revolucionaria, que ha demostrado, a lo largo de décadas, una eficacia comunicacional que pocos adversarios han sabido contrarrestar. No se trata de una virtud moral, sino de una destreza narrativa que consiste en la capacidad de revestir de épica lo que es fracaso, de romantizar la miseria y de presentar como gesta heroica lo que, en esencia, es opresión sistemática.

No es casual que, cuando asesoramos a emprendedores o empresas sobre estrategias de mercadeo, recomendemos, con ironía no exenta de pragmatismo, estudiar los manuales de propaganda política de la izquierda. Nadie como ese sector ha sabido convertir el blanco en gris y el negro en un el rojo ideológico que les caracteriza. El problema surge cuando esa misma lógica de manipulación se traslada al ámbito del poder estatal y se perpetúa durante décadas, como ha ocurrido en Cuba.

El caso cubano es paradigmático. Sesenta y siete años de “revolución” han dejado un balance económico y social imposible de maquillar sin recurrir a la mentira estructural. Cuba no produce alimentos suficientes para su población; depende de importaciones para más del 70 % de su consumo básico. El salario medio estatal no cubre ni remotamente la canasta básica. La infraestructura eléctrica colapsa de manera recurrente, paralizando industrias, hospitales y escuelas. Más de dos millones de cubanos han abandonado la isla en los últimos años, protagonizando el mayor éxodo de su historia contemporánea. Estos no son relatos del “imperio”; son datos incuestionables.

En ese contexto, resulta particularmente revelador el episodio reciente de la operación militar ocurrida en suelo venezolano, en la que murieron decenas de soldados cubanos. Durante años, el régimen negó de forma categórica su participación directa en operaciones armadas fuera de la isla, acusando a Estados Unidos de “propaganda maliciosa”. Sin embargo, la realidad volvió a imponerse: treinta y cuatro soldados cubanos perdieron la vida en una acción bélica extranjera. La pregunta es inevitable y legítima: qué hacían allí?.

La respuesta oficial no fue transparencia, sino escenografía. Un despliegue mediático cargado de consignas, funerales transmitidos con solemnidad obligatoria y un discurso patriótico que ya no conmueve ni siquiera a quienes se ven forzados a escucharlo. La revolución, fiel a su libreto histórico, volvió a apelar al sacrificio, al enemigo externo y a la épica vacía, mientras el ciudadano común hace colas interminables para conseguir alimentos, medicinas o combustible. Y ni hablar de la palabra predilecta y desgastada: bloqueo.

Más grave aún es la declaración de un supuesto “Estado de Guerra”. ¿Guerra contra quién? ¿Y en nombre de qué causa? Un pueblo exhausto, empobrecido y vigilado no está en condiciones de inmolarse por un proyecto político que ha fracasado en todos sus indicadores esenciales. La Cuba real, no la del discurso, sobrevive gracias a remesas, mercado informal y creatividad individual, no gracias al Estado.

La paradoja es evidente, porque el régimen invoca el patriotismo mientras depende de la represión; habla de soberanía mientras exporta soldados; denuncia bloqueos mientras implosiona por ineficiencia interna. Y lo hace apoyado en una narrativa que, durante décadas, logró aislar a generaciones enteras de la realidad exterior. Ese aislamiento, sin embargo, se ha resquebrajado. El acceso a internet, aun con censura y precariedad, ha expuesto la verdad que consiste en la simple deducción de que el problema de Cuba no es externo, es estructural.

 

Por eso, el llamado desesperado a la movilización popular ya no surte el efecto esperado. No hay mística revolucionaria que compita con el hambre, ni consigna que sustituya la falta de futuro. Cuba no necesita una invasión extranjera para colapsar; el modelo se ha encargado de hacerlo por sí solo. No hace falta una bota militar, ni siquiera una “chancleta”, para evidenciarlo.

La verdadera magia de la mentira consiste en repetirse tanto que pretende pasar por verdad. Pero incluso la propaganda más sofisticada tiene un límite, y este consiste en que la realidad económica y social termina siempre imponiendo su veredicto. Y en el caso cubano, ese veredicto es ya inocultable.

Por MAR

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