La conocida frase que sirve de título a esta reflexión, atribuida con frecuencia, aunque sin evidencia, a pensadores clásicos, encierra una lógica peligrosa cuando se aplica sin matices al escenario internacional actual.
En un contexto global marcado por tensiones crecientes, resulta cada vez más visible una paradoja inquietante que consiste en el hecho de sectores que, desde sociedades abiertas y democráticas, critican sistemáticamente a Estados Unidos y sus aliados, mientras muestran indulgencia, o incluso simpatías, hacia regímenes cuyo comportamiento interno y externo contradice los principios que dicen estos grupos defender.
No se trata de un debate ideológico legítimo, que siempre es necesario, sino de una disonancia más profunda. Porque cuando un sistema político reprime de forma sistemática la disidencia, limita libertades fundamentales y castiga a su propia población por cuestionarlo, pierde autoridad moral para ser presentado como alternativa válida, especialmente por quienes enarbolan las banderas de derechos humanos, la justicia social, y la equidad. Esta situación de defensa al régimen teocrático y el accionar de sus proxys`s se está presentando en todas las redes sociales con los identificados con las izquierdas, los ateos, entre otros, apoyando y coincidiendo con el régimen de la revolución islamita de Los Ayatolá.
La distinción clave radica en que, una cosa es cuestionar las acciones de países como Estados Unidos o Israel, algo perfectamente válido dentro de un marco democrático, y otra muy distinta es relativizar, minimizar, o peor aún, justificar la naturaleza de regímenes que no toleran ese mismo ejercicio crítico dentro de sus propias fronteras, por demostrar ser enemigos de la cultura occidental.
Y es que, para coincidir con ese patrón de conducta, no basta con señalar aspectos culturales, sino también, observar con detenimiento el accionar en temas jurídico-políticos de ese esquema de gobernanza. Desde el punto de vista geopolítico, también es necesario analizar el patrón de comportamiento externo. El uso de estructuras indirectas o actores proxy (Hamas, Hezbola, Huties, otros), así como los ataques, en el conflicto actual, a infraestructuras civiles, rutas comerciales o activos energéticos de países vecinos sin relación directa con el conflicto, no responde a una lógica militar convencional.
Lo preocupante no es solo la acción en sí, sino la intención de estos “religiosos”, que consiste en provocar una reacción en cadena que arrastre a actores que inicialmente no forman parte del conflicto. Países del Golfo, corredores energéticos y rutas marítimas globales terminan siendo afectados por dinámicas que desbordan el escenario original, elevando el riesgo de una crisis de alcance mundial. Aun así, los enemigos del enemigo de estos “revolucionarios” ven ese accionar como algo que deben hacer, apoyando los ataques a países vecinos civiles y militares, con tal de que Irán continue su política de agresión sistemática a los denominados “Satán”, como lo ha venido haciendo durante los últimos 40 años.
En ese contexto, emerge una contradicción difícil de soslayar. Muchas de las voces más críticas hacia Occidente se expresan precisamente desde entornos donde existen libertades que hacen posible esa crítica, como la libertad de expresión, de organización y de pensamiento, pero al mismo tiempo tienden a mostrar indulgencia, cuando no abierta simpatía, hacia regímenes que restringen o anulan esas mismas libertades. Esto no implica que Occidente esté exento de cuestionamientos; por el contrario, sus decisiones deben ser examinadas con rigor. Sin embargo, cuando esa crítica deja de ser objetiva y se ve arrastrada por el resentimiento o una pasión revolucionaria acrítica, pierde consistencia analítica y termina distorsionando la realidad, al punto de presentar como aliado a un poder autoritario que, en esencia, niega los principios que estos grupos dicen defender.
En definitiva, el conflicto actual no se libra únicamente en el terreno militar. Se disputa también en el plano de las ideas, donde la coherencia intelectual y moral se convierten en un recurso estratégico. Y es precisamente ahí donde las democracias abiertas, con todas sus imperfecciones, enfrentan uno de sus mayores desafíos, que consiste en sostener el equilibrio entre la libertad de cuestionarse a sí mismas y la necesidad de no legitimar aquello que niega esa misma libertad, tal y como lo hacen constantemente los “revolucionarios” de libros, y figuras de la izquierda tradicional de nuestra América Latina.
Por MAR



