En estos días vuelve a activarse, casi de forma automática, la bien aceitada maquinaria propagandística que históricamente ha acompañado a los movimientos de izquierda. No es nada nuevo. Desde que la propaganda fue elevada a método de influencia masiva, con Joseph Goebbels como su más tristemente célebre arquitecto moderno, esta técnica ha sido replicada y perfeccionada por sus herederos ideológicos. En América Latina, la izquierda revolucionaria ha demostrado ser una alumna aplicada y aventajada, construyendo narrativas que, a fuerza de repetición, terminan calando incluso en figuras públicas que repiten consignas sin rubor, sin análisis y sin el más mínimo respeto por la realidad.
Hoy esa narrativa insiste en presentar a Cuba como víctima de una inminente “crisis humanitaria”, atribuida, cómo no, a las decisiones del gobierno de los Estados Unidos con respecto al petróleo de Venezuela y la verdadera venta del mismo. Curiosamente, muchos de los que ahora hablan de dictadura cubana (término que antes les resultaba incómodo) parecen olvidar que el pueblo de la isla lleva décadas sobreviviendo bajo ese mismo régimen. La crisis, nos dicen, estalla si al gobierno cubano se le cortan los llamados “subsidios humanitarios”, eufemismo elegante para referirse a regalos que permiten sostener intacto un modelo de poder fracasado. A Cuba, como nación, sus gobernantes la acostumbraron al protectorado.
Para estos sectores progresistas, el problema no es que Cuba no produzca, no pague o no genere confianza en los mercados internacionales. El problema, según ellos, es que ya no reciba sin condiciones. Porque lo que parece incomodarles es que se le exija a un Estado, catalogado por quienes han hecho negocios con él como “mala paga”, que compre lo que necesita, en lugar de obtenerlo mediante esquemas opacos, incluidos aquellos que disfrazan de solidaridad el intercambio de médicos por productos. Al final, todos saben que esos profesionales son utilizados como mercancía, porque mientras el régimen cobra millones de dólares, a los médicos se les paga con salarios de miseria. Lo justo para taparles la boca y sobrevivan en su pobreza forzada.
La llamada crisis humanitaria cubana debe ser entendida, y así debería discutirse en la ONU y en los organismos internacionales, como lo que realmente es, una crisis sistémica, producto de un modelo de gobernanza fallido. No es coyuntural ni externa. Es estructural. Y responde al empeño de sostener, a cualquier costo, una revolución que terminó siendo un fiasco. Así de simple.
El pueblo cubano ha vivido crisis tras crisis durante décadas porque sus gobernantes han sabido exportar resentimientos y culpas, convirtiendo el discurso del “bloqueo” en un dogma propagandístico repetido hasta el cansancio. Lo hacen aun sabiendo que Cuba, de una u otra forma, comercia con más de 80 países , y que recibe del “imperio” la mayor parte de sus remesas. El problema no es que no importe bienes y servicios; es que paga mal, porque los recursos se destinan a mantener a la población con migajas, siempre y cuando muestre sumisión, mientras una élite gobernante y un aparato represivo se enriquecen al amparo de la corrupción. La producción nacional, en el subsuelo, provocada por la mala gobernanza.
Cuando el cerco se estrecha, aparecen nuevas voces “indignadas”. Esta vez, porque las políticas arancelarias de Donald Trump, tan detestadas por muchos, como efectivas para su nación, han tocado intereses de países que durante años se sintieron protegidos bajo el paraguas del poder estadounidense. Con un diseño bien calculado, y el eco de progresistas dispersos por el mundo, comenzando por los propios de Norteamérica, se ignoran tragedias reales como la de Haití, para concentrarse en una supuesta crisis humanitaria cubana que, sí existe, pero no por causas externas, sino por la naturaleza misma de un régimen dictatorial que viola de forma sistemática los derechos fundamentales de su pueblo.
¿Crisis humanitaria? La verdadera crisis ha sido social, moral y política. Una crisis provocada por métodos de gobierno que pisotean principios elementales del derecho y de la convivencia humana. Principios que Immanuel Kant resumió en su ideal de la Paz Perpetua, y que Benito Juárez convirtió en sentencia histórica en 1867 cuando exclamo lo siguiente, citamos: “Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”.
Que alguien responda, sin eufemismo ni fanatismo exacerbado: ¿Cuándo la revolución cubana, en sus máximos representantes, ha respetado el derecho ajeno?
Por MAR



