Señor director
Sin lugar, muy distintos a mis días de estudiante en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) en la década de los noventa, la palabra geopolítica ahora forma parte del vocabulario común en todos los idiomas del mundo, lamentablemente a las guerras aún abiertas fuera del alcance de la Organización de Naciones Unidas (ONU).
En estos tiempos cualquier ciudadano de a pie, entiende perfectamente qué significa la palabra geopolítica y no precisamente porque sea bonita, sino porque le está condicionando su economía de bolsillo. Así de sencillo.
La ONU se fundó en 1945 tras la capitulación de Alemania ante los embates del ejército rojo de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y su principal tarea es, y así está estipulada en la Carta fundacional, evitar que el mundo vuelva a experimentar una tercera guerra mundial, la cual según el avance tecnológico de la industria armamentista global, podría ser, si no el fin de la especie humana, por lo menos la muerte directa e instantánea de al menos dos terceras partes de la población mundial.
La mayor evidencia de la ineficiencia del principal organismo mundial es que sus principales líderes, traducidos en países poderosos con rango de miembros permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, son precisamente quienes por distintas vías y circunstancias están violentando las normas y el Derecho Internacional y su propio reglamento interno. Esta inusual situación es la responsable directa de las dos guerras que actualmente están abiertas en Oriente Medio y en el Este de Europa.
Tras la guerra del Golfo en 1991, los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, las consecuencias derivadas del terrible hecho como la invasión de Irak y la caída del régimen de Sadam Husein, la intervención militar de Estados Unidos en Afganistán y la caída del régimen de los talibanes, la primavera árabe durante los gobiernos de Barack Obama, la guerra civil en Siria, la caída de Gadafi en Libia, así como el posterior surgimiento de Estado Islámico, convirtieron a países y gobiernos enemigos en aliados estratégicos, pero con sus diferencias e intereses separados.
Así vimos a Rusia y Estados Unidos luchar juntos en Siria contra el Estado Islámico. Antes lo habían hecho en la guerra en Yugoslavia entre 1991 y 2001. También como aliados en tema de la Estación Espacial Internacional y acuerdos sobre control y disminución de armas nucleares, pero la invasión rusa a Ucrania en 2022, la cual está en desarrollo, asimismo como las recientes intervenciones militares estadounidenses en Venezuela e Irán, han hecho saltar por los aires la diplomacia silenciosa y pragmática y, por supuesto, la legislación internacional, la cual se supone es de obligado cumplimiento para todos los países como norma de buen vecino, paz y convivencia entre los pueblos del mundo.
La situación de estancamiento en las negociaciones entre Estados Unidos e Irán en busca de abrir la vía marítima del Estrecho de Ormuz, por donde transita el 20 % del petróleo mundial y más del 23 % del gas natural, tiene a las principales economías mundiales en recesión y expectantes, incluso usando sus reservas estratégicas de crudo para evitar el colapso de sus respectivas economías; sin embargo, dichos esfuerzos han sido infructuosos, pues tras varios meses de guerra y aparentes treguas negociadas de alto al fuego y reuniones, el Estrecho continúa cerrado.
A esta situación de turbulencias en los mercados internacionales de divisas y mercancías, las economías internas de los países vulnerables a la producción e importación de petróleo han generado grandes subidas de precios de artículos de consumo diarios y de primera necesidad, trayendo consigo inconformidad, disminución de servicios y protestas sociales que amenazan a los gobiernos. Incluso a Estados Unidos, donde se estima que aunque la guerra concluya hoy, los resultados electorales de las elecciones de medio término de noviembre próximo, no solo podrían retornar el control de la Cámara de Representantes a los demócratas, sino también una mayoría en el Senado, y esto sería sin dudas un revés para la administración actual del presidente Donald Trump.
A todo esto se suma la ruptura de la armonía entre los socios de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), motivo por lo que los países de la Unión Europea están por primera vez en la labor de idear un plan de defensa común independiente de los Estados Unidos por la desconfianza que ahora existe entre ellos por las posturas del presidente Trump frente a Ucrania y ahora con la cuestión en Irán.
Por: Luis Columna Solano / Politólogo



