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El Conejo de la suerte…….

El pasado domingo se celebró en los Estados Unidos el evento deportivo más seguido y promocionado del país, una vitrina de alcance global que confirma por qué esa nación sigue siendo, al menos en lo formal, la tierra donde todo puede decirse, exhibirse y venderse. Desde hace años, este espectáculo no se limita al deporte, porque se le añaden presentaciones artísticas cuidadosamente diseñadas para captar audiencias, posicionar marcas y proyectar figuras al mercado internacional.

En esta ocasión, el invitado fue uno de los íconos actuales del consumo «musical» juvenil hispano, Bad Bunny. La decisión no fue casual. Su presencia responde a una estrategia clara que consistiría en acelerar el llamado crossover hacia el mercado anglosajón, el de mayor poder adquisitivo del planeta. En el mundo del entretenimiento no hay romanticismos, ya que, el objetivo es vender, expandir mercado y generar dinero. Hasta ahí, nada nuevo.

Lo interesante comienza cuando el producto en cuestión es altamente controversial y su valor artístico resulta, como mínimo, discutible. Benito Antonio Martínez Ocasio, nombre real del personaje, es el resultado típico de una industria que convierte historias de precariedad social en narrativas de éxito comercial. No es un artista en el sentido clásico del término, es un producto cuidadosamente diseñado, gestionado por un equipo de mercadeo que merece reconocimiento académico por su eficacia. Ese equipo, al parecer, estudio el sistema de propaganda utilizada por los izquierdistas, que son unos fenómenos en esa rama.

Vender algo de baja calidad artística y convertirlo en fenómeno hemisférico no es improvisación; es ingeniería comunicacional pura, por lo que Joseph Goebbels no se equivocó al definir la propaganda como el instrumento de influencia más poderoso jamás creado. El equipo que asesora a Bad Bunny parece haber aprendido bien esa lección. Cada paso, cada gesto, cada silencio y cada provocación están calculados. Nada es espontáneo. Nada es inocente.

Conscientes de las limitaciones musicales del producto, la estrategia fue clara, y consistió de acuerdo a nuestra humilde opinión, en desplazar el debate del arte hacia lo identitario, lo racial y lo político. Terreno sensible, emocionalmente rentable y altamente polarizante. El objetivo no era conquistar al público anglosajón, que tiene códigos culturales muy definidos, sino consolidar y radicalizar la adhesión del público hispano. Y al parecer lo lograron. Porque en esta era, no importa si hablan bien o mal de ti; lo esencial es que hablen.

Todo fue perfectamente hilvanado, desde premios cada vez más degradados, como los Grammy, hoy más cercanos a galardones de ventas que de excelencia, hasta una puesta en escena que culmina tocando un tema tan delicado como la inmigración en Estados Unidos. No se trata del fondo del asunto, sino del momento, del contexto y del cálculo político que implica enfrentar sensibilidades colectivas usando previamente el espectáculo de los premios, para más luego realizar alusiones ilustrativas muy sublimes en el show. Recordemos los éxitos de los grupos de las canciones de protesta, guardando las distancias en cuanto a la música, de la década de los 70`.

De acuerdo a distintas tomas de fanáticos ubicados en las graderías, la reacción del público presente se nota tibia, casi que indiferente. Más espectadores esperando que terminara el ruido para volver al juego. Y aunque se hable de más de 140 millones de televidentes, audiencia no equivale a aprobación. Pero para el equipo de mercadeo, el desempeño en el mundo anglo es secundario frente al éxito obtenido en el universo hispano, donde el ídolo vuelve a ser coronado.

Aquí es donde surge el problema de fondo. Bad Bunny no es el fenómeno. El fenómeno es una sociedad que confunde vulgaridad con cultura, escándalo y ruido con arte, y provocación con libertad. Una oclocracia musical sostenida por el aplauso fácil, la victimización permanente y la incapacidad de ejercer pensamiento crítico.

De ahí surge la creatividad del equipo que construye y difunde la propaganda alrededor del “Conejo”, una estrategia que recuerda, en esencia, a la utilizada por los movimientos revolucionarios de las últimas décadas, consistente en sostener la mentira por encima de la realidad y ocultar lo necesario para evitar la fuga de seguidores. La diferencia, en este caso, es el nivel de sofisticación. Aquí no se impone una verdad única, sino que se alimentan deliberadamente dos bandos, los fanáticos que se sienten representados y los que rechazan el fenómeno que se presenta como musical. Por eso meten temas de otro costal en el medio. Esa necesidad de polarizar no es accidental; es el combustible que permite que la moda se mantenga viva, renovándose cada vez que los propagandistas encuentran un nuevo concepto con el cual prolongar la vigencia del personaje.

Este tema que ha invadido los medios y las redes sociales, no se trata de un problema musical. Es un problema cultural. Y, sobre todo, es un problema de criterio, mientras el Conejo que dice ser malo, es un verdadero suertudo.

 

Por MAR

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