InicioOpiniónTierras raras, Barahona y la batalla que muchos aún no ven

Tierras raras, Barahona y la batalla que muchos aún no ven

Hay acontecimientos que, observados de manera aislada, parecen simples coincidencias. Sin embargo, cuando esos mismos hechos comienzan a encadenarse dentro de un contexto más amplio, la obligación de quienes observan la realidad con espíritu crítico es formular preguntas.

Eso es precisamente lo que ocurre con las crecientes protestas contra diversas actividades mineras en la región sur de la República Dominicana.

A primera vista, podría parecer que estamos ante una reacción espontánea de grupos preocupados por la preservación del medio ambiente. Y ciertamente, toda sociedad moderna necesita ciudadanos vigilantes que exijan el cumplimiento de las normas ambientales y la protección de sus recursos naturales. Nadie con sentido común puede oponerse a ello. Pero existe otra posibilidad que merece ser considerada.

¿Y si algunas de estas movilizaciones forman parte de una disputa mucho más grande que la mayoría de los dominicanos todavía no alcanza a percibir?

Para responder esta interrogante es necesario comprender que el mundo está entrando en una nueva etapa histórica. Durante el siglo XX, las grandes potencias libraron guerras y disputas por el control del petróleo. Quien controlaba la energía controlaba buena parte de la economía mundial. Hoy, sin embargo, el petróleo comparte protagonismo con un grupo de minerales estratégicos conocidos como tierras raras, indispensables para la fabricación de vehículos eléctricos, baterías de almacenamiento, sistemas de telecomunicaciones, radares, equipos médicos, turbinas eólicas, satélites y tecnología militar avanzada.

En otras palabras, las tierras raras constituyen uno de los recursos más codiciados del siglo XXI. La razón es sencilla, sin ellas resulta prácticamente imposible sostener la revolución tecnológica que está transformando el mundo.

Actualmente, gran parte del procesamiento mundial de estos minerales se encuentra bajo la influencia de China, situación que ha generado preocupación en Estados Unidos y en sus aliados occidentales. Como consecuencia, las principales economías están buscando nuevas fuentes de abastecimiento que les permitan reducir su dependencia estratégica.

Es en este contexto donde aparece República Dominicana. Los estudios realizados en la zona de Pedernales han despertado interés internacional debido al potencial de sus depósitos y a la calidad de los materiales identificados. No se trata de una noticia cualquiera. Estamos hablando de un recurso capaz de colocar al país en una posición geopolítica completamente distinta a la que ha ocupado históricamente.

Por primera vez en mucho tiempo, la República Dominicana podría convertirse en un proveedor estratégico dentro de una de las cadenas de suministro más importantes para la economía mundial.

Y es precisamente en este momento cuando comienzan a multiplicarse las protestas contra actividades mineras en distintas localidades del sur. ¿Es una coincidencia? Cada ciudadano tendrá derecho a responder esa pregunta según su criterio. Por lo pronto, con las producidas en San Juan, podríamos inferir que fueron entendibles hasta cierto punto, puesto que faltan estudios que puedan justificarlas de forma definitiva.

Lo cierto es que Barahona no es una provincia ajena a la minería. Todo lo contrario. Por algo les llaman a los lugareños como personas catrivoliado y MINOSO.

Desde hace generaciones sus habitantes han convivido con la extracción de yeso, sal, carbonato de calcio y calizas. En sus montañas se encuentra el larimar, piedra semipreciosa única en el mundo y símbolo de una riqueza geológica excepcional. La minería forma parte de su historia económica tanto como la agricultura y la pesca.

Tampoco debemos olvidar que la explotación de la bauxita en Pedernales representó uno de los principales recursos económicos del Estado dominicano durante una parte importante del siglo pasado. Aquellos ingresos contribuyeron significativamente a fortalecer las finanzas nacionales en momentos cruciales de nuestra historia.

Por eso resulta legítimo preguntarse por qué una actividad que durante décadas formó parte de la realidad económica de la región es presentada ahora como una amenaza absoluta, independientemente del mineral de que se trate, de las tecnologías utilizadas o de los controles ambientales que puedan implementarse.

Más preocupante aún es observar cómo el debate público parece desplazarse desde la exigencia razonable de regulaciones ambientales hacia la descalificación total de cualquier iniciativa vinculada al aprovechamiento de recursos minerales. La diferencia entre ambas posiciones es enorme.

Una sociedad responsable exige supervisión. Una sociedad influenciada por intereses ajenos rechaza incluso discutir las oportunidades.

No estamos afirmando que todas las protestas respondan a agendas ocultas. Sería irresponsable hacerlo. Existen preocupaciones ambientales legítimas que deben ser escuchadas y atendidas.

Pero tampoco sería prudente ignorar que, en un mundo donde los recursos estratégicos determinan relaciones de poder, las campañas de influencia, las presiones políticas y las operaciones de opinión pública forman parte habitual de la competencia internacional. Las grandes potencias no disputan únicamente territorios. También disputan narrativas.

Y cuando un país pequeño descubre recursos que pueden alterar su importancia estratégica, inevitablemente comienza a formar parte de intereses que trascienden sus fronteras.

La pregunta fundamental para los dominicanos no debería ser si estamos a favor o en contra de la minería. La verdadera pregunta es otra: ¿Estamos preparados para administrar inteligentemente una riqueza potencial que podría transformar el destino económico del sur y del país?

Noruega convirtió sus recursos energéticos en uno de los mayores fondos soberanos del planeta. Otros países han utilizado sus riquezas naturales para impulsar educación, infraestructura, investigación y desarrollo tecnológico. Otros, por el contrario, desperdiciaron oportunidades históricas atrapados en conflictos ideológicos, corrupción o visiones cortoplacistas.

La diferencia nunca estuvo en los recursos. La diferencia estuvo en la calidad de las decisiones.

Las tierras raras podrían representar para República Dominicana una oportunidad comparable a las que tuvieron otras naciones cuando descubrieron recursos capaces de redefinir su futuro económico.

Sin embargo, antes de llegar a ese punto, los dominicanos tendremos que responder una pregunta esencial: ¿Permitiremos que el debate sea dirigido por emociones, consignas e intereses ocultos, o seremos capaces de discutir con seriedad, información y visión de largo plazo lo que está en juego para las próximas generaciones?

Porque si algo nos enseña la historia es que las oportunidades extraordinarias rara vez aparecen dos veces.

Por MAR

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