Desde del mes de septiembre del año pasado, las noticias sobre dominicanos y extranjeros detenidos cuando arriban a la isla de Puerto Rico en frágiles embarcaciones, o los titulares sobre las trágicas muertes ocurridas al zozobrar esos botes artesanales en el mar, han repuntado, aunque muchas veces esos hechos pasan desapercibidos.
Muchas deben ser las causas que originan la desesperación de los compatriotas e individuos de otras nacionalidades para lanzarse hacia un viaje con altas posibilidades de fracaso, y en el peor de los casos, terminar en las fauces de los tiburones del Canal de la Mona.
La explicación socorrida, es que esos dominicanos y extranjeros arriesgan sus vidas tras la búsqueda de un mejor porvenir personal y para los suyos, escapando de situaciones socioeconómicas o legales que le llevan a visualizar un viaje en yola a Puerto Rico como el remedio a sus necesidades específicas.
Lo extraño del fenómeno es que el repunte de esos viajes ocurre cuando la situación económica pospandemia dominicana comienza a mejorar con respecto al año pasado, pero el destino final de esos viajes, a Estados Unidos, se encuentra la peor recesión en 40 años, con millones de inmigrantes pasando vicisitudes, las cuales empeoran si la personas están indocumentadas.
Es preciso, que el gobierno priorice el trabajo de inteligencia y vigilancia para detectar y apresar a los organizadores de los viajes ilegales, al tiempo de focalizar nuevas fuentes de trabajo y asistencia en la zona Este del país, para ir reinsertando a quienes se dedican a esa actividad ilícita, y evitar que más personas pierdan sus vidas tras la falsa ilusión de riqueza y abundancia en Los Estados Unidos.



