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Libres para atacar la libertad

En estos días de recogimiento para el mundo cristiano, resulta inevitable contrastar el valor simbólico de los espacios sagrados con una realidad donde ni siquiera estos son respetados. Cuando templos, iglesias, mequitas o lugares de culto se convierten en objetivos, no estamos solo ante actos de violencia, sino ante una declaración ideológica que indica claramente que el fanatismo, cuando se impone, no reconoce límites, ni humanos ni espirituales.

La historia es clara al respecto. Ninguna religión ha sido inmune a los excesos cuando se fusiona con el poder político. El propio cristianismo carga con episodios como las cruzadas o la inquisición, donde la fe fue utilizada como herramienta de dominio, dejando una estela de tragedia que alcanzó tanto a creyentes como a inocentes. Cuando la religión entra en la lógica de la guerra, la deshumanización se acelera.

Ese mismo patrón se reproduce hoy en estructuras del islam político radical, donde regímenes teocráticos han sostenido por décadas una dinámica de confrontación constante declarando la muerte de dos países en particular: Estados Unidos e Israel. Esta forma de ver a los que consideran su enemigo no solo es hacia el exterior, sino contra sus propios ciudadanos, aplicando la intolerancia a los niveles de represión, castigo a la disidencia, control social extremo y una sistemática degradación de la mujer, muchas veces justificada en interpretaciones doctrinales. En ese contexto, resurgen prácticas que evocan formas de esclavitud contemporánea, no muy distantes, en esencia, de algunos de los capítulos más vergonzosos de la historia humana.

Pero más inquietante aún es la paradoja que se observa en Occidente. Sectores que viven bajo sistemas de libertades amplias terminan defendiendo, relativizando o incluso romantizando modelos que niegan esas mismas libertades. Se critica con dureza a las democracias liberales, pero se suaviza el juicio frente a estructuras abiertamente autoritarias. Es una contradicción que no es solo ideológica, sino profundamente moral.

En el plano geopolítico, esta disonancia se vuelve aún más evidente. Se juzgan con severidad las acciones de países como Estados Unidos o Israel, mientras se minimizan, o se ignoran, las estrategias de violencia sistemática impulsadas por regímenes teocráticos y sus actores indirectos. La coherencia desaparece cuando los principios dejan de ser universales y pasan a depender de quién ejecuta la acción.

Europa, que conoce bien el precio de perder sus libertades, parece a veces olvidar las bases que la sostienen. No es casual que el concepto mismo de ciudadanía, ley y libertad tenga raíces en la antigua Grecia. El discurso fúnebre de Pericles, recogido por Tucídides, no solo honra a los caídos de Atenas, sino que define una idea de sociedad donde el respeto a la ley, la participación cívica y la libertad individual son pilares irrenunciables. Esa herencia, sin embargo, hoy parece diluirse frente a una tolerancia que, mal entendida, puede abrir espacio a quienes no creen en esos valores, sino que buscan reemplazarlos.

Con esto de las redes sociales, el problema de fondo no es solo militar, sino narrativo. Las guerras modernas también se libran en el terreno de las percepciones. Los errores de las democracias son amplificados, mientras que las atrocidades de regímenes autoritarios son relativizadas o directamente invisibilizadas. Así, quienes adversan la libertad logran avanzar no solo en el campo de batalla, sino en la opinión pública global.

En ese contexto, la advertencia resulta inevitable, porque no hay amenaza más peligrosa para una sociedad libre que la incoherencia interna. Cuando quienes disfrutan de la libertad pierden la capacidad de defenderla con claridad moral, se convierten, consciente o inconscientemente, en facilitadores de su deterioro. Mas aun cuando dentro de estos viven resentidos sociales, quienes atentan permanentemente aprovechando precisamente las libertades de las que gozan.

Porque al final, no se trata solo de conflictos entre naciones o religiones, sino de algo más esencial, que consiste en la disputa entre modelos de sociedad. Y en esa disputa, la confusión no es neutral; siempre favorece al que menos respeta la libertad.

Por MAR

 

 

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