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La diáspora convirtió el acento dominicano en marca

Hubo un tiempo en que el acento dominicano se corregía en la puerta del avión.

Nos decían, a veces con cariño, a veces con vergüenza: «Allá no hables así». «Trata de hablar neutro». «Que no se te note tanto». Como si el acento fuera una mancha en la camisa que había que sacudir antes de entrar a la entrevista, a la escuela, al trabajo nuevo.

Lo intentamos. Dios sabe que lo intentamos. Nos pulimos la «r» de cotorra, nos tragamos la «s» con culpa, cambiamos el «vaina» por «cosa», el «guagua» por «autobús», el «qué lo que» por un «hola, cómo estás» que sonaba prestado. Queríamos encajar. Queríamos que no nos devolvieran la mirada de «¿de dónde tú eres?».

Hasta que la diáspora hizo lo contrario. Dejó de esconderlo y empezó a cobrar por él.

Y ahí se acabó el complejo.

Porque lo que pasó en Washington Heights, en Lawrence, en Providence, en Orlando, en Madrid, no fue solo que los dominicanos se hicieron muchos. Fue que se hicieron audibles. Y cuando eres muchos y eres audible, dejas de pedir permiso para sonar como suenas y empiezas a ponerle precio a cómo suenas.

De la vergüenza al valor de mercado

La primera generación emigró con el acento en voz baja. Hablaba bajito en español en el tren para que no la miraran. Le decía a los hijos: «Háblame en inglés en la calle».

La segunda hizo la revolución sin darse cuenta. Creció escuchando a su mamá decir «¡Muchacho, ven acá!» con esa «a» abierta del Cibao o ese golpeado del Sur profundo, y entendió que ese sonido no era atraso. Era casa. Y la casa, en un país frío, vale más que el oro.

Entonces lo sacaron del closet de la cocina y lo llevaron a la tarima.

El comediante que antes intentaba hacer chistes en inglés neutro descubrió que cuando hacía el cuento con su acento de verdad, con su «mire, le voy a decir una vaina», el público -dominicano y no dominicano- se reía más. Se reía porque era verdad.

La muchacha del salón que se avergonzaba de decir «blower» y «tubí» entendió que si ponía «Blower y Tubí» en el letrero de su negocio en el Bronx, las clientas no solo entraban, hacían fila. Porque no estaban comprando un peinado. Estaban comprando pertenencia.

El rapero que forzaba el acento de Brooklyn descubrió que cuando rapeaba con su erre dominicana, con su código mezclado, con su spanglish sin subtítulos, sonaba a algo que nadie más podía copiar. Y en la economía de la atención, lo incopiable es lo que vale.

La diáspora convirtió el acento en marca porque no tenía otra opción. No podía competir con el americano en ser más americano, ni con el español en ser más español. Pero nadie podía competir con ella en ser dominicana en Nueva York.

Certificado de autenticidad 

En un mundo donde todo se puede falsificar -la imagen, la voz con inteligencia artificial, el currículum- el acento es el último certificado de origen que no se puede hackear.

Tú puedes aprender a hacer un buen locrio, pero no puedes aprender a decir «¡Dianche, pero ¡qué maldito locriazo!» con la entonación exacta de una madre de San Juan que acaba de probarlo. Eso se trae. Y eso se vende.

Por eso hoy el acento dominicano cotiza.

Cotiza en la música. El dembow no se hizo global cuando se limpió. Se hizo global cuando sonó más dominicano que nunca. Cuando Tokischa, El Alfa, Yailin no pidieron perdón por cómo hablaban. El mundo tuvo que aprender a perrearlo así, con todo y acento.

Cotiza en la gastronomía. Ya nadie abre un «Dominican Fusion Cuisine». Abren «El Conuco», «La Cocina de Mami», «Qué Lo Que». Y lo ponen en inglés en el menú sin traducirlo, porque traducirlo sería devaluarlo.

Cotiza en la política. El candidato en Rhode Island o en Nueva York que habla con acento no pierde votos. Gana credibilidad. Porque su comunidad dice: «Ese es de nosotros. No se nos vendió».

Cotiza en los negocios. Una agencia de marketing en Miami cobra más cara si la dueña habla con acento dominicano y lo usa. ¿Por qué? Porque las marcas ya entendieron que el consumidor latino en Estados Unidos, que son 65 millones de personas, no quiere que le hablen en español neutro de comercial de pasta dental. Quiere que le hablen como le habla su prima.

Lo que ha enseñado la diáspora

La lección que la diáspora le mandó de vuelta a la isla, sin carta y sin remesa, fue esta: Dejen de querer sonar como nadie.

Durante décadas en República Dominicana nos enseñaron que para triunfar había que neutralizarse. Que el locutor tenía que esconder de dónde era. Que la presentadora tenía que hablar como mexicana. Que el profesional tenía que quitarse el «campo» de la boca.

La diáspora nos demostró que era al revés.

Que, en un mercado de ocho mil millones de personas, lo más escaso no es el talento. Es la identidad. Y nosotros teníamos una identidad guardada en la garganta, pidiendo salir.

Hoy, cuando un joven dominicano abre un TikTok y dice «Mi gente, oigan lo que les voy a contar» con su acento de Los Mina, de Santiago, de Baní, sin filtro, y ese video coge dos millones de views, está haciendo lo que su abuelo no pudo hacer en 1985 en Nueva York: vivir de su voz.

No de una voz prestada. De la suya.

La diáspora no solo mandó dólares. Mandó un permiso.

El permiso de sonar de aquí en cualquier parte del mundo.

Y de convertir ese sonido, que antes era motivo de burla, en una marca registrada que nadie nos puede expropiar.

Por Jhonny Trinidad

 

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