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Hablemos del merecimiento

A veces sabemos dar, pero no sabemos recibir.

Damos tiempo, atención, cuidado, oportunidades y palabras bonitas. Nos sentimos cómodos haciendo por otros, resolviendo, acompañando y estando disponibles.

Pero cuando algo bueno viene hacia nosotros, la historia puede ser diferente.

Nos hacen un cumplido y lo minimizamos.

Alguien quiere ayudarnos y respondemos: “No te preocupes, yo puedo.”

Aparece una buena oportunidad y comenzamos a preguntarnos si realmente estamos preparados.

Tenemos un momento para descansar y sentimos culpa porque podríamos estar haciendo algo “más productivo”.

Incluso podemos conseguir aquello por lo que trabajamos durante años y, en lugar de disfrutarlo, sentir una extraña incomodidad.

Ahí vale la pena preguntarnos:

¿Qué tan fácil me resulta recibir lo bueno cuando también es para mí?

Hablar de merecimiento no significa pensar que la vida nos debe todo lo que deseamos.

Tampoco significa creer que por sentirnos merecedores las cosas llegarán automáticamente.

Tiene que ver con algo más profundo: la percepción que tenemos de nuestro propio valor y aquello que nos permitimos recibir, buscar y sostener.

Muchas de esas ideas se van formando a lo largo de nuestra historia.

Quizás aprendimos que pedir era molestar.

Que primero estaban los demás.

Que descansar era perder el tiempo.

Que hablar de nuestros logros era presumir.

Que aspirar a más era ser inconforme.

O que para recibir amor, reconocimiento o aprobación había que cumplir determinadas expectativas.

Y aunque hoy pensemos diferente, algunas de esas ideas pueden seguir apareciendo en nuestras decisiones.

Por eso hay personas que trabajan muchísimo, pero sienten culpa cuando disfrutan.

Que desean una relación saludable, pero permanecen en lugares donde reciben mucho menos de lo que necesitan.

Que tienen capacidades evidentes, pero dudan cuando llega una oportunidad.

O que consiguen algo importante y rápidamente dicen:

“Tuve suerte.”

“Cualquiera podía hacerlo.”

“Tampoco es para tanto.”

No siempre se trata de falta de humildad o exceso de modestia.

A veces necesitamos revisar qué creemos que tenemos derecho a recibir sin sentir que debemos disculparnos por ello.

Y aquí hay una diferencia importante.

Reconocer nuestro merecimiento no significa pensar que somos perfectos, superiores o inmunes al error.

Podemos equivocarnos y seguir siendo valiosos.

Podemos necesitar aprender y seguir teniendo derecho a aspirar.

Podemos recibir ayuda sin ser débiles.

Podemos disfrutar sin sentir culpa.

Podemos querer más para nuestra vida sin despreciar lo que ya tenemos.

Y podemos decir “esto también lo quiero para mí” sin convertir esa frase en egoísmo.

Quizás por eso trabajar el merecimiento no consiste únicamente en repetir afirmaciones positivas.

También requiere observar nuestras decisiones.

¿Qué acepto?

¿Qué rechazo?

¿Qué minimizo cuando llega?

¿Dónde sigo conformándome con menos por miedo a pedir más?

¿En qué lugares siento que tengo que demostrar constantemente mi valor para poder permanecer?

Hoy quiero invitarte a observar una sola situación de tu vida en la que recibir, pedir o aspirar a algo mejor todavía te genere incomodidad.

Y preguntarte:

¿Realmente no puedo tener esto o hay una parte de mí que todavía cree que no debería tenerlo?

No necesitas convencerte hoy de que mereces todo.

Puedes comenzar por algo más sencillo:

Dejar de tratarte como si necesitaras ganarte permanentemente el derecho a recibir también lo bueno de la vida.

— Por Nathalie Tejada

Mentora en Desarrollo Humano

Fundadora de Psicopaz

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