A veces resulta más fácil juzgar una conducta que detenernos a
preguntarnos qué puede haber detrás de ella.
Vemos a alguien reaccionar mal y pensamos: “Qué persona tan difícil.”
Alguien se muestra distante y concluimos que no le importamos.
Otro comete un error y rápidamente creemos saber cómo debió haber actuado.
Y quizás por eso necesitamos hablar un poco más de compasión.
Compasión no es lo mismo que la lástima.
Tampoco significa justificar comportamientos que hacen daño, permitirlo todo o permanecer en lugares donde no estamos bien.
La compasión tiene que ver con aprender a mirar al otro recordando algo muy sencillo: estamos viendo una conducta, pero no siempre conocemos toda la historia.
No sabemos qué está atravesando esa persona.
Qué miedo tiene.
Qué aprendió.
Qué perdió.
Qué conversación acaba de tener antes de encontrarse con nosotros.
O simplemente con qué recursos cuenta para manejar lo que está viviendo
Eso no convierte automáticamente una conducta incorrecta en correcta.
Pero puede cambiar la manera en que respondemos a ella.
Porque puedo intentar comprenderte y aun así decirte que no.
Puedo reconocer tu dolor sin hacerme responsable de resolverlo.
Puedo entender que estás pasando por un momento difícil y, al mismo tiempo, pedirte que no me trates de determinada manera.
Puedo incluso tomar distancia sin necesidad de convertirte en mi enemigo.
Ahí encuentro una de las expresiones más maduras de la compasión: comprender sin perder nuestros propios límites.
Pero hay otra parte de la que a veces hablamos menos.
La compasión que necesitamos aprender a tener con nosotros mismos.
Porque podemos ser extraordinariamente comprensivos con los demás y terriblemente severos con nosotros.
A un amigo que se equivoca le decimos: “Tranquilo, hiciste lo que pudiste.”
Cuando somos nosotros quienes fallamos, aparece otra voz:
“¿Cómo pude hacer eso?”
“Debi haberlo sabido.”
“Otra vez me equivoqué.”
“Tenía que haberlo hecho mejor.”
Y ahí vale la pena preguntarnos por qué ofrecemos a otros una comprensión que tantas veces nos negamos.
Practicar la autocompasión no significa quitarnos responsabilidad.
Si cometimos un error, podemos reconocerlo.
Si lastimamos a alguien, podemos reparar.
Si necesitamos cambiar algo, podemos trabajar en ello.
Pero responsabilizarnos no exige maltratarnos.
Podemos aprender de una equivocación sin utilizarla para definir quiénes somos.
Podemos reconocer que hoy no pudimos con todo sin llamarnos débiles.
Podemos atravesar un momento difícil sin exigirnos comportarnos como si nada estuviera ocurriendo.
Y también podemos tratarnos con la misma humanidad que ofrecemos tan fácilmente a quienes amamos.
Quizás la compasión comience precisamente ahí: en abandonar por un momento la necesidad de emitir una sentencia sobre todo y preguntarnos qué necesita ser comprendido.
No para justificar.
No para tolerar lo intolerable.
Sino para responder desde un lugar más humano.
Hoy quiero dejarte dos preguntas:
¿Hay alguien a quien estás mirando únicamente desde lo que hizo, sin considerar lo que quizás esté viviendo?
¿En qué parte de tu vida necesitas dejar de juzgarte y comenzar a tratarte con mayor comprensión?
Porque comprender no siempre cambia lo ocurrido.
Pero muchas veces cambia la manera en que elegimos responder a ello.
Nathalie Tejada
Mentora en Desarrollo Humano
Fundadora de Psicopaz
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