Algo tuvo que ocurrir en la Villa Olímpica de Santo Domingo, o en las instalaciones deportivas donde se desarrollaron los recién celebrados Juegos Centroamericanos y del Caribe, para que el Gobierno dominicano adoptara frente a Cuba una posición diplomática que, por inusual, ha llamado poderosamente la atención.
Y no es solamente porque se trate de Cuba. Es porque durante décadas la República Dominicana ha mantenido frente al régimen castrista una actitud que, por momentos, podría calificarse de excesivamente permisiva. Por eso resulta inevitable preguntarse: qué ocurrió realmente para que esta vez la reacción dominicana fuese diferente?
No lo sabemos con certeza. Pero si el episodio está relacionado con los atletas cubanos que decidieron no regresar a su país, entonces el asunto trasciende lo deportivo. Según informaciones, no oficiales, gran parte de esa delegación se quedaría en República Dominicana, lo que mantuvo en alerta y nerviosa a la embajada cubana. Imaginemos el golpe mediático ante el mundo que, de haberse hecho en masa, hubiese ocasionado al gobierno de ese país. Porque detrás de esos jóvenes hay una realidad política que Cuba ha intentado ocultar durante décadas y que, poco a poco, resulta cada vez más difícil esconder.
La historia contemporánea de América Latina está llena de episodios que demuestran la voluntad del castrismo de intervenir, de una manera u otra, en los asuntos internos de otros países. No se trata solamente de discursos ideológicos o de solidaridad revolucionaria. Hubo apoyo a movimientos armados, entrenamiento de combatientes y participación directa en conflictos que incluso llegaron mucho más allá del continente americano, como ocurrió en África.
En nuestro propio país, esa influencia tuvo consecuencias dolorosas. La periodista Consuelo Despradel recordaba recientemente la cantidad de jóvenes dominicanos que, seducidos por los cantos de sirena de la revolución, terminaron entregando sus vidas en aventuras políticas y militares que pretendían cambiar por la fuerza gobiernos surgidos, en muchos casos, de la voluntad popular.
La pregunta entonces es inevitable, cómo pudo mantenerse durante tanto tiempo una política de tolerancia frente a un régimen que históricamente no ha tenido la misma consideración hacia sus vecinos?
Quizás una parte de la respuesta esté en la propia naturaleza del sistema cubano.
Durante décadas, el régimen ha construido una sociedad sometida a un proceso permanente de adoctrinamiento político. Desde la infancia, el ciudadano cubano ha sido educado dentro de una narrativa en la que la revolución representa el bien, mientras todo aquello que proviene del exterior es presentado como amenaza, conspiración o agresión.
Pero ese muro comenzó a resquebrajarse. La expansión de internet y de las redes sociales ha permitido que los cubanos conozcan una realidad distinta a la que durante décadas les fue presentada por los canales oficiales. El mundo exterior dejó de ser una abstracción. Ahora puede verse, compararse y juzgarse.
Y aquí aparece una de las grandes paradojas del discurso castrista, la cual se podría resumir en el hecho de que mientras el régimen denuncia permanentemente el supuesto “bloqueo” extranjero, ha construido dentro de Cuba un verdadero bloqueo informativo, económico y político contra su propia población.
Es una práctica que, por cierto, no es exclusiva de Cuba, la de acusar a otros de aquello que se practica internamente siendo, históricamente, una de las contradicciones más frecuentes de determinados regímenes que se autoproclaman revolucionarios. Miremos, a distancia, el régimen iraní, por ejemplo.
Si el episodio de los atletas cubanos fue, en efecto, el detonante de la reacción diplomática dominicana habría que preguntarse por qué fue necesario llegar hasta ese punto para que se establecieran límites que deberían haber sido evidentes desde mucho antes. Porque una cosa es mantener relaciones diplomáticas con un país y otra muy distinta permitir que sus representantes actúen como si estuvieran dentro de su propio territorio.
Ese pudiera ser, precisamente, el error que habría cometido la delegación diplomática cubana, es decir, asumir que podía ejercer en República Dominicana las mismas prácticas de vigilancia, persecución y control que forman parte de la estructura política de la Cuba castrista.
En Cuba existe una larga tradición de vigilancia ciudadana. Allí, el informante, el delator, el “chivato”, o, para utilizar una expresión que conocemos perfectamente en nuestro país, el “calíe”, forma parte de una estructura destinada a mantener el control social. El término “calié” nos resulta particularmente familiar por nuestra propia historia. Durante la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo, se utilizaba para identificar a quienes se dedicaban a vigilar, informar y transmitir al aparato represivo las actividades de otras personas.
La diferencia es que en Cuba esa práctica no desapareció con el paso del tiempo. Por el contrario, terminó incorporándose a la propia estructura de control político del régimen. Es, digamos, casi que cultural y de allí el miedo a su propia sombra que tiene el ciudadano cubano «de a pie». Y ahí puede estar una de las claves para entender lo ocurrido.
Quienes han sido formados durante décadas bajo una cultura política de vigilancia permanente pueden llegar a considerar normal aquello que, en una sociedad democrática, constituye una intromisión inaceptable.
De ahí que el supuesto incidente con los atletas cubanos no deba ser visto exclusivamente como un problema entre una delegación deportiva y funcionarios diplomáticos. Si realmente hubo intentos de seguimiento, presión o vigilancia sobre personas que se encontraban legalmente en territorio dominicano, estaríamos ante algo mucho más serio, y es la pretensión de trasladar a otro país los mecanismos de control que el régimen utiliza dentro de sus propias fronteras. Y eso sí tiene nombre: INJERENCIA.
Curiosamente, quienes durante décadas han utilizado la palabra “injerencia” para denunciar cualquier posición contraria a sus intereses son los mismos que, históricamente, han intervenido en los asuntos internos de otros países cuando sus intereses políticos lo han requerido.
La injerencia, en consecuencia, no puede ser buena cuando la practican ellos y mala cuando la practican otros.
La República Dominicana tiene todo el derecho de mantener relaciones diplomáticas con Cuba. Tiene también derecho a respetar su soberanía y a procurar relaciones cordiales con el pueblo cubano. Pero una cosa es la amistad entre pueblos y otra la permisividad frente a un régimen.
Si lo ocurrido en Santo Domingo marca un cambio en la tradicional actitud dominicana frente a La Habana, habrá que observar cuidadosamente lo que venga después. Porque quizá el verdadero mensaje no esté solamente en lo que ocurrió con los atletas cubanos.
Quizá esté en algo mucho más sencillo: los límites de un Estado soberano comienzan precisamente donde terminan las atribuciones de otro.
Y esos límites, en esta ocasión, parece que alguien decidió recordárselos al castrismo.
Por MAR



