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Afinidad vibratoria

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“Cuando las ideologías, o apuestas políticas, encuentran en sus adversarios los aliados de sus propias aspiraciones”.

En el mundo espiritual, particularmente en algunas corrientes de la filosofía oriental, hemos escuchado durante años hablar de la vibración y la sincronización de las energías. Se trata de una concepción según la cual aquello que comparte frecuencias similares tiende a establecer conexiones y encontrar puntos de afinidad.

Guardando las distancias, esa metáfora resulta particularmente útil para interpretar determinados comportamientos de la política internacional. Porque también en el escenario ideológico existen coincidencias que, sin necesidad de responder a una alianza formal, terminan reuniendo a actores que aparentemente tienen muy poco en común, pero que comparten adversarios, narrativas y, en ocasiones, aspiraciones políticas. Es precisamente ahí donde comienza nuestra reflexión.

Llama poderosamente la atención la simpatía que despiertan determinados movimientos políticos estadounidenses entre gobiernos y organizaciones abiertamente enfrentados a los intereses de Estados Unidos. Y conviene subrayarlo, hablamos de Estados Unidos como nación, como sistema institucional y como potencia democrática, no simplemente de la administración republicana o demócrata que circunstancialmente ocupe la Casa Blanca.

Una cosa es adversar a un presidente, cuestionar sus políticas o rechazar sus decisiones y otra muy distinta es provocar y convertir el debilitamiento de las instituciones estadounidenses en una aspiración ideológica. Esta última posición merece una reflexión mucho más profunda.

Rusia, China e Irán, aunque responden a modelos políticos y económicos diferentes, tienen razones estratégicas para observar con satisfacción cualquier circunstancia que profundice las divisiones internas estadounidenses, debilite la confianza de sus ciudadanos en las instituciones, o proyecte internacionalmente la imagen de una democracia incapaz de resolver sus contradicciones.

Moscú procura recuperar espacios de influencia que perdió con la desaparición de la Unión Soviética. Pekín aspira a consolidar su liderazgo económico, tecnológico y geopolítico, mientras mantiene un sistema político férreo de partido único. Teherán, por su parte, sostiene un modelo teocrático que difícilmente puede reconciliarse con los principios de pluralismo político y el respeto a las libertades individuales que caracterizan a las democracias occidentales.

Sus diferencias no impiden que encuentren un punto de coincidencia en cuestionar la legitimidad del modelo estadounidense y aprovechar sus contradicciones para reducir su influencia internacional. Sistemáticamente lo hacen.

No se trata de una simple interpretación. Los organismos estadounidenses han documentado operaciones de influencia extranjera dirigidas a exacerbar las divisiones políticas internas, erosionar la confianza ciudadana y promover narrativas sobre la decadencia de Occidente. La desconfianza institucional, cuando se convierte en un sentimiento colectivo, termina siendo un instrumento de extraordinaria utilidad para quienes pretenden debilitar a sus adversarios.

Pero aquí aparece una paradoja que merece atención, y que se apoya en el hecho de que mientras esos gobiernos procuran explotar las contradicciones de la democracia estadounidense, determinados sectores políticos dentro de Estados Unidos parecen encontrar afinidad con discursos que, desde posiciones diferentes, cuestionan los fundamentos económicos e institucionales del sistema que les permite competir electoralmente. Eso sucedió en las pasadas elecciones de medio termino y encontró eco en los votantes, sobre todo aquellos que no son oriundos de ese país, pero que, por la democracia existente allí, tienen voz y voto.

En cuanto a los sectores que señalamos, nos referimos particularmente a algunos exponentes del denominado socialismo democrático, una corriente que ha ganado visibilidad dentro de determinados sectores de la política estadounidense.

Bernie Sanders constituye uno de sus principales referentes. Sus propuestas de educación superior gratuita, cobertura sanitaria universal y una mayor intervención estatal en la economía encuentran receptividad entre ciudadanos afectados por el elevado costo de la vida, las desigualdades económicas y las dificultades para acceder a determinados servicios. Los más receptivos con estos canticos, son los de origen extranjero con derecho al voto.

Es legítimo debatir esas propuestas. Lo que no resulta aceptable es presentar sus beneficios como si carecieran de costos, restricciones presupuestarias o consecuencias económicas. En política, las promesas pueden ser gratuitas; su ejecución, jamás.

El problema del populismo consiste precisamente en el de vender beneficios sin explicar suficientemente los mecanismos que permitirán financiarlos. Se promete más gasto, más subsidios, más servicios y mayores derechos, pero se suele dejar en segundo plano la productividad, la generación de riqueza, la inversión privada y la sostenibilidad fiscal que hacen posibles esas conquistas.

Hay una diferencia sustancial entre construir un Estado de bienestar sobre una economía productiva y pretender financiarlo mediante una expansión indefinida del gasto público.

Por MAR

 

 

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