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El sur produce, pero no transforma

Existe una contradicción altamente llamativa en la economía dominicana que consiste en el hecho incuestionable de que algunas de las regiones que más producen son, al mismo tiempo, las que menos valor capturan. El sur del país, y en particular la Región del Valle, es quizás el mejor ejemplo de ello.

San Juan, con su vasta extensión territorial y su diversidad agrícola, produce arroz, maíz, habichuelas, guandules, yuca, batata, cebolla y hortalizas en volúmenes significativos. A esto se suma una importante actividad ganadera y un potencial hídrico envidiable, respaldado por presas como Sabaneta y Sabana Yegua, muy a pesar de la deforestación marcada por el conuquismo. Sin embargo, cuando se observa la estructura económica local, surge una pregunta inevitable: ¿Dónde se transforma todo eso? La respuesta es simplemente desoladora, porque es, en gran medida, fuera de la región. Ni tan siquiera empacan lo que producen. Además, hay un factor, el humano de la propia región, que no contribuye con hacer realidad el transformar la producción primaria y generar riquezas en base al encadenamiento productivo.

El sur produce materia prima, pero el valor agregado se genera en otros territorios. Y en esa brecha se pierde empleo, ingresos, desarrollo y, sobre todo, oportunidades, al margen de las cantidades de productos que se dañan por falta de comercialización inmediata y justa, y por supuesto, por falta de transformación en productos derivados. Con esa situación, concluimos que, este no es un problema de producción. Es un problema de estructura, incluyendo la poca visión empresarial existente en la zona. El provinciano con recursos se ha dedicado a comercializar, y han desarrollado la usura como actividad lucrativa, aun esta atente con la estabilidad del productor del campo.

Durante años, el país ha discutido cómo impulsar el crecimiento económico, pero ha prestado poca atención a cómo se distribuye ese crecimiento territorialmente. El resultado es una economía que avanza, pero no integra; que crece, pero no equilibra. La agroindustria ofrece una vía clara para corregir ese desequilibrio. No se trata únicamente de procesar alimentos. Se trata de conectar el campo con la industria, de convertir la producción agrícola en una cadena de valor completa que genere riqueza en el mismo territorio donde se produce. Es, en esencia, un formato de desarrollo que no desplaza, sino que arraiga.

En la Región del Valle, y provincias aledañas, las oportunidades son evidentes y concretas. Desde el procesamiento de lácteos y la producción de casabe, hasta la elaboración de alimentos para ganado, café de montaña, tomate y cebolla deshidratada, tabaco para la industria del cigarro y productos encurtidos como la berenjena, existe una base productiva suficiente para impulsar un tejido agroindustrial dinámico.

No estamos hablando de ideas abstractas. Estamos hablando de proyectos identificados, con materia prima disponible y con mercado potencial. Pero para que esto ocurra, se necesita algo más que iniciativa privada. Se requiere de políticas públicas coherentes, articuladas y enfocadas que vayan en consonancia con las realidades de los habitantes de esta región, dando el debido seguimiento a las mismas para evitar sucumbir como algunas iniciativas que, por falta de capacitación, transparencia, y seguimiento, tendieron al fracaso.

El financiamiento es uno de los puntos críticos. El Banco Agrícola debe seguir siendo el soporte del productor, fortaleciendo la base primaria. Debe asumir acciones más eficientes y eficaces, dando seguimiento a los proyectos que se puedan desarrollar para fortalecer el suministro de materias primas. Pero el salto hacia la agroindustria requiere otro tipo de apoyo que consiste en las inversiones en equipos, infraestructuras y capital de trabajo. Ahí es donde el rol del BANDEX se vuelve estratégico, especialmente si se diseñan mecanismos con tasas preferenciales y condiciones especiales para emprendedores rurales, en particular mujeres, que hoy representan una fuerza productiva subutilizada.

Sin embargo, el financiamiento puntual y efectivo, por sí solo, no resuelve el problema. La clave está en los encadenamientos productivos. No se trata de instalar plantas aisladas, sino de crear sistemas donde el productor tenga garantizada la demanda, la industria tenga asegurado el suministro y el mercado reciba productos con calidad y consistencia. Ese enfoque permite escalar. Y, más importante aún, permite sostener.

El impacto de una estrategia de este tipo va más allá de la producción. Genera empleo local, reduce la migración interna, fortalece la economía rural y dinamiza actividades complementarias. Entre ellas, una que ha comenzado a cobrar fuerza en el sur: el turismo.

El desarrollo turístico en provincias como Pedernales y Barahona abre una ventana adicional. No solo como fuente de divisas, sino como generador de demanda para productos agroindustriales. La gastronomía, las rutas productivas, los productos con identidad territorial pueden convertirse en un puente entre la agroindustria y el turismo, creando un ecosistema económico más diversificado y resiliente. Este modelo no tiene por qué limitarse a San Juan.

Azua, San José de Ocoa, Barahona, Bahoruco y Pedernales tienen condiciones específicas que pueden integrarse a una visión regional más amplia. Con inversión en sistemas de riego tecnificado, conectividad vial y cadenas de frio, la región sur puede transformarse en un eje agroindustrial clave para la seguridad alimentaria y las exportaciones dominicanas, siempre que se sustituyó la cultura de subsistencia por un modelo de asociatividad productiva y se fortalezca el emprendimiento rural.

La discusión actual sobre zonas francas agroindustriales ofrece una oportunidad para dar ese paso. Pero hay que evitar un error frecuente, que consiste en copiar modelos sin adaptarlos. La agroindustria no puede desarrollarse como un enclave desconectado. Su naturaleza exige integración territorial. Exige vinculación con el productor. Exige políticas que entiendan que el desarrollo no ocurre en compartimentos aislados, sino en redes. El sur no necesita más diagnósticos. Necesita ejecución.

El país está frente a una decisión estratégica: seguir exportando materia prima o comenzar a exportar valor. Lo primero ya lo sabemos hacer. Lo segundo es lo que puede cambiar el destino de toda una región. Y quizás, también, el equilibrio económico de la República Dominicana, convirtiendo a la agroindustria en una de las patas importantes de la mesa económica del país.

Por MAR

 

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