InicioOpiniónAlofoke, celebridad política fabricada por la decadencia de la sociedad dominicana

Alofoke, celebridad política fabricada por la decadencia de la sociedad dominicana

Cómo la clase política, el comentario complaciente y la cultura del espectáculo inflaron como fenómeno de poder a un personaje cuya influencia digital ha sido confundida con estatura de Estado.

Hay países que producen estadistas. Otros, cuando la política está vacía de ideas, de pudor y de filtros, terminan fabricando celebridades con pretensiones de liderazgo. La República Dominicana, por desgracia, parece estar transitando ese segundo camino. Y pocas figuras retratan mejor esa degradación que el fenómeno construido alrededor de Santiago Matías, “Alofoke”.

El problema no es, en sentido estricto, que un comunicador quiera entrar en política. En democracia, cualquier ciudadano tiene derecho a aspirar. El problema es otro, mucho más grave, que una parte de la clase política dominicana, acompañada por comentaristas fascinados con el espectáculo y por una cultura pública cada vez más banalizada, haya contribuido a fabricar como fenómeno político a una figura cuya centralidad no se ha levantado sobre la templanza, la visión de Estado o la elevación del debate, sino sobre el ruido, la confrontación, el ego y la rentabilidad del escándalo.

Alofoke no es el origen del problema. Es su síntoma más ruidoso. Es la consecuencia visible de una política sin autoestima, de partidos sin densidad, de opinadores sin proporción y de una conversación pública que ha empezado a confundir fama con mérito, agresividad con autenticidad, visibilidad con liderazgo y viralidad con capacidad de gobierno.

En otras palabras, Alofoke no llegó solo a la política, la política dominicana lo fue empujando hacia ella.

  1. Alofoke no irrumpió en la política, fue promovido por ella. Existe una narrativa cómoda según la cual Alofoke habría irrumpido en la política únicamente por la fuerza de su popularidad, como si hubiese ascendido por generación digital espontánea. Esa lectura es falsa. Alofoke no fue solo tolerado por la clase política dominicana, fue cortejado, visitado, legitimado y elevado por ella.

Durante años, dirigentes, funcionarios, aspirantes y figuras partidarias de todos los colores han desfilado por su plataforma con la convicción de que allí se encuentra una parte del país a la que ya no saben llegar por sus propios medios. Lo han buscado como quien busca un atajo hacia la juventud, hacia el ruido, hacia la relevancia, hacia la ilusión de cercanía popular que hoy ya no son capaces de producir desde sus propias estructuras.

Cada entrevista concedida, cada visita, cada gesto de deferencia, cada puerta institucional abierta, cada acercamiento partidario y cada reconocimiento sobredimensionado ha ido transfiriéndole algo más valioso que una foto o un titular, le ha ido transfiriendo capital político. Lo han tratado como si fuera un peaje de visibilidad, un termómetro electoral, un árbitro informal del humor social, un canal obligatorio para existir ante determinados segmentos de la opinión pública. Y ahí comenzó la fabricación del fenómeno.

Porque una cosa es reconocer que un comunicador tiene influencia. Otra muy distinta es convertirlo, por la vía de la adulación política y la sobreexposición institucional, en un actor de poder cuya relevancia termina pareciendo equivalente a la de los partidos que lo visitan. Lo que la política dominicana ha hecho con Alofoke no ha sido simplemente dialogar con un fenómeno mediático. Ha sido algo peor, ha alquilado en su plataforma una legitimidad que ya no puede producir por sí misma.

II.-La peregrinación hacia Alofoke retrata la bancarrota de la política, no su grandeza No hay nada antidemocrático en que un dirigente se siente en un medio no tradicional.

Lo verdaderamente grave es por qué siente que debe hacerlo. Cuantos políticos de distintos partidos entienden que necesitan pasar por la plataforma de Alofoke para mantenerse vigentes, para conectar con la ciudadanía o para evitar desaparecer de la conversación, lo que queda al desnudo no es solo el tamaño del personaje, queda al desnudo la pequeñez de la política dominicana.

Esa dependencia revela, primero, que los partidos han perdido la capacidad de producir entusiasmo por sí solos. Ya no les basta con estructura, ideología, militancia, propuestas o trayectoria. Necesitan el amplificador de un ecosistema donde la política se convierte en contenido, el dirigente en personaje y el debate en un simple ejercicio de retención de audiencia.

Revela, segundo, que la comunicación política dominicana se ha sometido a la lógica de las plataformas. En ese terreno, la complejidad aburre, la prudencia no viraliza, la seriedad no monetiza y la deliberación estorba. Lo que importa es el clip, el conflicto, la reacción, el momento, el incendio de las redes. La ciudadanía deja de ser sujeto de derechos y se convierte en público cautivo; el dirigente deja de ser representante y se vuelve animador de su propia marca.

Y revela, tercero, una verdad incómoda, muchos políticos han aceptado la mentira de que la exposición puede sustituir a la credibilidad. Como si bastara con aparecer en el escenario correcto, recibir el guiño del personaje correcto o circular por el circuito correcto para adquirir estatura pública. Es la degradación final de la representación democrática, cuando el liderazgo deja de medirse por ideas, conducta, preparación o resultados, y empieza a medirse por el volumen del ruido que uno es capaz de generar.

III. El acceso institucional no lo convirtió en estadista, pero sí ayudó a inflarlo. La fabricación política de Alofoke no se ha limitado a la búsqueda partidaria de audiencia.

También ha pasado por el terreno simbólico, las puertas institucionales que se abren, las deferencias que se conceden y los gestos diplomáticos que luego son inflados como si se tratara de una consagración de Estado.

La visita de la embajadora estadounidense Leah F. Campos a las instalaciones de Alofoke Media Group, seguida de una carta reconociendo el alcance y profesionalización de la plataforma, es uno de los mejores ejemplos. El hecho es relevante porque confirma que Alofoke es hoy un actor mediático imposible de ignorar. Pero de ahí a convertir ese episodio en una especie de bendición geopolítica, en una prueba de “estatura presidencial” o —como algunos llegaron a insinuar con una ligereza casi delirante— en evidencia de un supuesto respaldo de Donald Trump, hay un salto intelectualmente vergonzoso.

Ese salto no es un error inocente. Es parte de la inflación del personaje. En la República Dominicana de hoy, una visita se convierte en espaldarazo, una cortesía institucional en certificado de liderazgo, una foto en prueba de destino histórico. Así funciona la maquinaria de la sobredimensión: toma un hecho real, lo exagera, le añade épica y lo convierte en combustible para la leyenda.

Pero una democracia mínimamente seria no puede medirse con esa vara. Una carta no sustituye un programa de gobierno. Una visita diplomática no equivale a una validación de Estado. Una fotografía no reemplaza la templanza, la formación, la solvencia administrativa ni la capacidad de conducir instituciones complejas. El problema dominicano es que demasiada gente parece dispuesta a fingir que sí.

IV.- Los comentaristas no han explicado el fenómeno, han sido coautores de su mitificación.

Si la clase política abrió la puerta, una parte del comentario público se encargó de ponerle alfombra roja. En vez de hacer lo que exige la honestidad intelectual —separar influencia mediática de viabilidad política, popularidad de capacidad de Estado, notoriedad de mérito—, demasiados comentaristas han preferido hacer algo más rentable, subirse al espectáculo y ayudar a fabricar la leyenda.

Así, Alofoke ha sido presentado como “fenómeno imparable”, “gran elector”, “presidenciable natural”, “actor con respaldo internacional” o poco menos que como una fatalidad histórica que la política dominicana debería aceptar con resignación. Cualquier gesto se convierte en señal de destino. Cualquier acceso se interpreta como prueba de grandeza. Cualquier episodio se narra como si estuviéramos presenciando el nacimiento de un gran liderazgo nacional.

Eso no es análisis, es propaganda emocional con pretensiones de comentario político.

Un análisis serio tendría que empezar por preguntas incómodas: ¿Qué visión de país tiene Alofoke? ¿Qué piensa sobre seguridad, salud, educación, justicia, deuda, gasto público, institucionalidad, frontera, política exterior, producción y empleo? ¿Qué criterio ha mostrado para rodearse de personas competentes? ¿Cómo maneja el disenso? ¿Qué relación tiene con la prudencia, con el autocontrol y con la responsabilidad cívica? ¿Qué tipo de cultura pública ha ayudado a promover?

Pero esas preguntas exigen rigor, y el rigor no siempre produce rating. Por eso muchos han preferido el camino fácil, confundir compromiso con liderazgo, alcance con profundidad y presencia en redes con estatura de Estado.

Cuando el comentario público abdica de su función crítica y se convierte en amplificador del ruido, la democracia pierde uno de sus pocos filtros. Y cuando los filtros caen, cualquier personaje con suficiente atención empieza a ser tratado como proyecto nacional.

V.- El episodio del PRSC, cuando la política se rebaja hasta negociar su dignidad.

Pocas escenas retratan mejor la naturaleza del fenómeno que la condición pública que Alofoke le impuso al PRSC para seguir evaluando una eventual candidatura, la expulsión de Alfonso Rodríguez del partido. El hecho, más allá de las simpatías o antipatías que despierte Alfonso Rodríguez, es revelador por lo que expone, el tipo de relación con la política que se está normalizando.

Una persona que coquetea con la Presidencia de la República debería empezar por decirle al país qué piensa hacer con la inseguridad, con el colapso de los servicios, con la educación, con la deuda, con la corrupción, con el sistema de salud, con la justicia o con la productividad nacional. Debería hablar de reformas, de instituciones, de prioridades nacionales. Debería exponer una visión de país.

Pero en este caso, la conversación se desliza hacia otro lugar, a quién se tolera, a quién se expulsa, quién merece el visto bueno del personaje y quién no. No es la lógica del estadista. Es la lógica del conductor de una plataforma que pretende trasladar al terreno político un modelo de mando basado en la afinidad personal, el veto, el castigo y la centralidad del ego.

Y lo más grave no es solo que Alofoke actúe así. Lo más grave es que un partido con historia esté dispuesto siquiera a discutir su futuro alrededor de ese tipo de exigencias. Porque cuando una organización política acepta negociar su dignidad a cambio de visibilidad, deja de buscar renovación y empieza a certificar su decadencia.

VI.-El retiro de apoyo a Carolina Mejía, la volatilidad emocional convertida en criterio político.

El retiro público de apoyo a Carolina Mejía ofrece otra pieza decisiva del rompecabezas. No interesa aquí discutir si Carolina merece o no respaldo. Lo importante es la forma en que se administra la ruptura y el criterio que parece sostenerla.

Cuando el apoyo a una dirigente parece depender de una afinidad mediática, de una mención favorable a un medio rival o de una molestia personal convertida en espectáculo, el problema no es solo la anécdota. El problema es el tipo de racionalidad política que se exhibe. Porque la democracia no puede funcionar como una cadena de adhesiones emocionales, respaldos revocables y castigos públicos dictados por el humor del momento.

Un país no puede gobernarse desde la lógica del agravio personal ni desde la susceptibilidad de una transmisión en vivo. La política exige una virtud elemental, estabilidad de criterio. No perfección, no rigidez, no santidad. Estabilidad. La capacidad de sostener apoyos y diferencias con base en principios, no en impulsos, de procesar desacuerdos sin convertirlos en espectáculo, de distinguir entre un desencuentro personal y una decisión política de fondo.

Cuando esa frontera se borra, lo que aparece no es un liderazgo fuerte. Aparece un liderazgo reactivo.

VII. La cuestión de fondo, qué tipo de cultura pública se está intentando convertir en proyecto de poder.

Hasta aquí podría parecer que el problema es solo la sobredimensión mediática de una figura popular. No lo es. El asunto es mucho más hondo. La verdadera pregunta es esta: ¿qué tipo de cultura pública está intentando convertirse en proyecto político?

No se puede discutir seriamente una eventual incursión política de Alofoke sin mirar el ecosistema de valores, comportamientos y estilos que han acompañado su ascenso. No se trata de exigir pureza moral ni de negar su éxito como comunicador. Se trata de preguntarse si una democracia debe tratar con ligereza como presidenciable a una figura asociada, en buena parte de su trayectoria pública, a la vulgarización del debate, a la exaltación del conflicto, al insulto como método de respuesta, a la descalificación del disenso y a la monetización de los antivalores.

Una sociedad puede tolerar en el entretenimiento ciertas formas de estridencia que serían inaceptables en la conducción del Estado. El problema empieza cuando esa frontera se borra y se pretende que el mismo repertorio que sirve para dominar la atención de una audiencia cautiva sea suficiente para gobernar una nación.

Y ahí la preocupación deja de ser solo política para volverse también cívica. ¿Qué mensaje se le envía a la juventud dominicana cuando el ascenso público parece depender menos del estudio, la disciplina, la formación y el servicio, que, de la capacidad de humillar adversarios, dominar el escándalo e imponer agenda a base de ruido? ¿Qué pedagogía social se está construyendo cuando la política empieza a premiar la estridencia como si fuera autenticidad y la vulgaridad como si fuera valentía?

No es una pregunta menor. Es una pregunta sobre el país que estamos formando.

VIII. La gran mentira del momento, confundir visibilidad con capacidad de Estado.

Toda la fabricación de Alofoke descansa sobre una gran mentira repetida hasta la saturación. Que la influencia digital, el arrastre mediático y la capacidad de imponer conversación son, por sí mismos, indicadores de aptitud para gobernar. Esa mentira debe ser desmontada sin eufemismos.

No, tener millones de visualizaciones no es lo mismo que tener criterio de Estado. No, ser temido en redes no es lo mismo que ser respetado en la historia. No, dominar una transmisión no es lo mismo que conducir una administración pública compleja.

No, capitalizar controversias no es lo mismo que estar preparado para manejar una crisis nacional, una reforma fiscal, una negociación internacional o un sistema de seguridad en deterioro.

La República Dominicana necesita recordar esa diferencia antes de que la frivolidad termine de colonizar el poder. Porque cuando una sociedad empieza a medir el liderazgo con la vara de la viralidad, termina condenándose a ser gobernada por quienes mejor manipulan la atención, no por quienes mejor entienden los problemas del país. Y ese es el camino más corto hacia la degradación del Estado.

IX.- El verdadero escándalo no es Alofoke, es la decadencia de los filtros democráticos.

Alofoke, al fin y al cabo, hace lo que hacen los personajes que descubren que la audiencia puede convertirse en capital político. Tantea, provoca, presiona, mide reacciones, explora puertas y ensaya narrativas. Eso, por sí solo, no debería escandalizar a nadie. Lo verdaderamente escandaloso es la disposición del sistema a tratar ese tanteo como si fuera una oferta seria de liderazgo nacional.

Debería escandalizar que partidos con historia se muestren dispuestos a abrirle espacio sin exigirle antes claridad programática, disciplina institucional, mesura pública y un mínimo de coherencia ética. Debería escandalizar que comentaristas lo promuevan como fenómeno sin someterlo a los estándares con los que juzgarían a cualquier dirigente tradicional. Debería escandalizar que una parte del debate nacional prefiera jugar con la idea de su ascenso antes que preguntarse qué revela eso sobre el estado de nuestra democracia.

Porque la Presidencia de la República no es un premio a la notoriedad. No es una extensión del algoritmo. No es una sala de streaming con presupuesto público. No es un escenario para ajustar cuentas personales, vetar disidentes, humillar críticos o convertir la administración del Estado en una guerra permanente por la atención.

La política no puede seguir comportándose como si el país necesitara más personajes. Lo que la República Dominicana necesita son instituciones fuertes, liderazgo sobrio, cultura cívica y estadistas capaces de pensar más allá del clip, del trending topic y del aplauso instantáneo.

X.- La víctima final de esta banalización siempre será la misma, el pueblo dominicano.

La gran tragedia de este proceso no es que Santiago Matías aspire, insinúe o juegue con la idea de entrar en política. La gran tragedia es que la política dominicana, en lugar de examinarlo con la severidad que exige la democracia, haya contribuido a inflarlo, legitimarlo y ofrecerlo como si fuera una respuesta al país.

No estamos solo ante la ambición de un personaje mediático, estamos ante la rendición de una parte del sistema político ante la lógica del espectáculo. Ante partidos que, incapaces de producir esperanza desde las ideas, buscan oxígeno en el ruido. Ante comentaristas que cambian el análisis por la exageración. Ante una conversación pública que parece haber olvidado que la política, si no sirve para elevar la calidad del liderazgo, termina degradando la calidad de la democracia.

Y esa degradación tiene una víctima concreta. No es el político desplazado. No es el comentarista que exagera. No es el partido que se humilla buscando likes. La verdadera víctima es el pueblo dominicano.

Es el ciudadano que necesita seguridad y recibe espectáculo.

Es la juventud que necesita referentes de disciplina, formación y responsabilidad, y recibe como modelo la glorificación del conflicto, la vulgaridad y la fama instantánea.

Es la democracia que necesita instituciones y termina atrapada en el culto a la personalidad.

Es el país que necesita estadistas y al que se le ofrece, una vez más, el atajo del personaje.

Porque cuando una sociedad empieza a confundir un comunicador exitoso con un conductor del Estado, una plataforma con una doctrina, una celebridad con un estadista y un arranque de audiencia con una visión de país ya no está simplemente atravesando una moda política, está enviando una señal alarmante de deterioro cívico.

La República Dominicana merece algo mejor que una política que, incapaz de producir liderazgo, se dedica a fabricar fenómenos. Merece algo mejor que una clase dirigente que se arrodilla ante el ruido. Merece algo mejor que un debate público que confunde popularidad con virtud y agresividad con autenticidad. Merece una política que vuelva a respetarse a sí misma para poder respetar al pueblo.

Mientras eso no ocurra, seguiremos viendo cómo se inflan figuras, se improvisan candidaturas, se banaliza el poder y se rebaja la vida pública. No porque el país no tenga problemas reales que resolver, sino precisamente porque quienes deberían resolverlos han preferido sustituir la seriedad de la República por la frivolidad del espectáculo.

Por Francisco Ventura de León

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