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Cuando la historia se ignora, la guerra parece empezar hoy

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 La retórica que muchos han utilizado en estos días sobre la guerra que enfrenta al régimen fundamentalista de Irán con Estados Unidos y sus aliados, atribuyendo su inicio al presidente Donald Trump, no resiste un análisis histórico serio. Que la figura de Trump, un político de estilo frontal que practica con frecuencia la parresia, es decir, la franqueza directa y sin filtros, resulte antipática para algunos, no altera los hechos.

Trump llegó nuevamente a la presidencia bajo la consigna de “Make America Great Again”, un mensaje que conectó con un sector amplio de la sociedad estadounidense convencido de que el peso geopolítico de su país se había debilitado en los últimos años. Ese sentimiento explica parte del respaldo político que lo llevó nuevamente al poder. Sin embargo, la confrontación con el régimen iraní no nace con Trump ni con su administración.

En realidad, el conflicto se remonta a 1979, cuando la Revolución Islámica encabezada por el ayatolá Ruhollah Jomeini derrocó al Sha e instauró la llamada República Islámica de Irán. Ese mismo año ocurrió la crisis de los rehenes en la embajada estadounidense en Teherán, episodio durante el cual Jomeini popularizó la expresión “el Gran Satán” para referirse a Estados Unidos, estableciendo así el tono ideológico que marcaría la política exterior del nuevo régimen.

Desde entonces, la relación entre Irán y Occidente ha estado marcada por ciclos de tensión que combinan confrontación política, operaciones indirectas y conflictos regionales. Durante más de cuatro décadas, el liderazgo revolucionario iraní ha impulsado una estrategia que muchos analistas describen como guerra híbrida, es decir, apoyo financiero, logístico y militar a grupos armados en distintos puntos del Medio Oriente, acompañado de una política declaradamente hostil hacia Estados Unidos y especialmente hacia Israel.

Se suelen pasar por alto hechos históricos que ocurrieron lejos de los campos de batalla tradicionales del Medio Oriente. Uno de los más impactantes ocurrió el 23 de octubre de 1983 en Beirut, cuando un camión cargado con explosivos se estrelló contra los barracones de los marines estadounidenses que formaban parte de una fuerza internacional de paz en el Líbano. La explosión mató 241 militares estadounidenses, convirtiéndose en el ataque terrorista más letal contra ciudadanos de Estados Unidos antes de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Diversas investigaciones han vinculado ese atentado con Hezbolá, organización creada y financiada con apoyo de Irán.

Otro episodio ocurrió lejos del Medio Oriente, en América Latina. El 18 de julio de 1994, un vehículo cargado con explosivos destruyó la sede de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) en Buenos Aires. El atentado dejó 85 muertos y más de 300 heridos, convirtiéndose en el mayor ataque terrorista de la historia argentina. Investigaciones judiciales posteriores han señalado la participación de Hezbolá con apoyo de altos funcionarios iraníes en la planificación del ataque.

No se trata de interpretaciones interesadas. El propio discurso oficial del régimen iraní ha reiterado durante décadas su intención de debilitar la influencia occidental en la región y ha tolerado, cuando no respaldado, organizaciones que consideran a Israel un Estado ilegítimo.

Por tanto, afirmar que la confrontación actual surge de decisiones recientes ignora el trasfondo histórico del conflicto. Lo que estamos presenciando no es el nacimiento de una guerra, sino la intensificación de una rivalidad geopolítica que lleva más de cuarenta años desarrollándose, muchas veces a través de conflictos indirectos o guerras por delegación.

Y este punto debería obligarnos a reflexionar antes de emitir juicios apresurados. Porque cuando se ignora la historia, lo que parece una reacción repentina suele ser, en realidad, la consecuencia acumulada de décadas de confrontación.

Por MAR

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