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Cuba, la Revolución y su gente

El viejo refrán popular cuya sentencia esgrime que “no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista” parecería, en teoría, aplicable al caso cubano. Sin embargo, la realidad sugiere algo distinto, porque no solo el mal ha durado más de seis décadas, sino que el cuerpo social ha sido moldeado para resistirlo, aceptarlo y, en muchos casos, tratar de reproducirlo. Si el refrán fuera exacto, al pueblo cubano aún le faltarían décadas para completar ese ciclo… si es que llega a completarse.

El problema no radica en que el pueblo cubano no merezca un cambio profundo, sino en que ha sido sistemáticamente despojado de las herramientas mentales, económicas y morales necesarias para impulsarlo. Tras más de sesenta años de “socialismo institucionalizado”, no hablamos solo de un sistema político, sino de una cultura de dependencia cuidadosamente construida. Aplicar reformas inmediatas o graduales resultan difíciles cuando varias generaciones han sido educadas para sobrevivir, no para decidir; para obedecer, no para emprender. Naturalmente que existen casos en donde el imán de la atracción hacia la libertad los hace dar el paso, y por eso emigran. Es, para los que lo hacen, la formula perfecta para adaptarse rápidamente a una nueva vida, sin tener temor de quienes le rodean.

A diferencia de otros pueblos de la región, incluso aquellos que han sufrido experimentos socialistas recientes, como Venezuela, Cuba representa una anomalía histórica. El chavismo intentó, sin éxito total, borrar en los venezolanos la memoria del consumo, del mercado y de la iniciativa privada bajo la intervención compulsiva del gobierno. Pese al daño causado, una parte significativa de la sociedad conservó su espíritu crítico y su apego a la libertad económica. En Cuba ocurrió lo contrario ya que, el castrismo no solo tomó el poder político, sino que colonizó la conciencia colectiva.

La llamada “revolución cubana”, encabezada por Fidel Castro, se convirtió en un poderoso símbolo exportable gracias a una maquinaria propagandística que romantizó la miseria y vendió el sacrificio como virtud. Durante décadas, esa narrativa sedujo a sectores empobrecidos de América Latina y del mundo, presentando a Cuba como un modelo de dignidad y resistencia, cuando en realidad se trataba de un sistema de control total, sostenido por la represión, la escasez inducida y el miedo. Ante la realidad del fracaso, la propaganda repite una palabra: bloqueo.

El “pacto social” que una gran parte del pueblo cubano compró en los primeros años de la revolución se basó en un discurso de confrontación permanente contra un enemigo externo, el “imperio”, que sirvió de base y justificación para todo abuso interno. En sus orígenes, las nacionalizaciones masivas, celebradas por multitudes que coreaban “¡se llamaba!” mientras se expropiaban bienes privados, nunca fueron compensadas. Aquellos actos, lejos de ser gestos de justicia social, marcaron el inicio de la destrucción del aparato productivo nacional.

La permanencia del régimen cubano no es casual. Se sostiene sobre pilares bien definidos, que consisten en la aniquilación de la productividad, la dependencia absoluta del Estado, la escasez crónica convertida en método de control, y un sistema de vigilancia social que convierte al ciudadano en rehén de su propio entorno. Los Comités de Defensa de la Revolución, las Brigadas de Respuesta Rápida y los Informantes de Barrio (en nuestra época dictatorial le llamaban Calieses) no son simples estructuras administrativas, son mecanismos de fragmentación social, diseñados para destruir la confianza entre iguales y garantizar la obediencia a través del temor inducido. Mientras tanto, el régimen se fortalece en base al protectorado consuetudinario que países “identificados” les puedan proporcionar.

Este entramado reduce al individuo y nos recuerda al fenómeno de la “institucionalización” descrito de forma magistral en la película The Shawshank Redemption, donde el personaje interpretado por Morgan Freeman explica cómo algunos presos, tras años de encierro, pierden la capacidad de vivir en libertad. El sistema cubano ha hecho exactamente eso con su población, le ha quitado todo para luego convencerlos de que no pueden vivir sin que le den algo. De allí las tarjetas de racionamiento que, por supuesto, le cuesta al portador sudor y dinero.

Por eso, cuando observamos la realidad cubana actual, surge una duda incómoda pero legítima y que nos hace preguntarnos, ¿puede Cuba replicar un proceso de ruptura con el calvario revolucionario, como el que, con enormes dificultades, pero con un bastón de fuerza, intenta hacerlo Venezuela? Las similitudes culturales existen, pero la diferencia es crucial. Al cubano se le arrebató, hace más de sesenta años, no solo la propiedad y la libertad, sino también la noción misma de dignidad individual como ciudadano libre. En cambio, el venezolano la mantuvo, a pesar de los 26 años bajo un régimen que intentaba hacerlo por igual.

Analizando el panorama actual, nos asalta la duda de que la cúpula gobernante cubana esté dispuesta a “dar su brazo a torcer” dentro del esquema de gobernanza que ella misma diseñó, consciente de que: 1) el pueblo, condicionado por décadas de control y miedo, es capaz de resistir incluso el hambre antes que enfrentarse al poder. Ese temor, inculcado y sostenido deliberadamente, explica por qué muchos no se atreven a dar el paso decisivo para romper las cadenas que los mantienen sometidos; 2) la herramienta de la propaganda les sea útil, como en otras oportunidades, para que países del mundo comiencen a presionar para devolver el «status quo» que ha tenido por 60 y más años a la isla, sobre la base de la crisis actual, la que, dicho sea de paso, ha sido permanentemente provocada por el propio sistema, aun y cuando ese no sea el credo revolucionario.

Esa es la herencia más perversa del socialismo real, no la pobreza material, sino la pobreza moral que deja a los pueblos atrapados, incluso cuando las cadenas ya son visibles y expuestas, a través de la tecnología que tenemos hoy en día.

Por MAR

 

 

 

 

 

 

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