miércoles, febrero 21, 2024
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Carta abierta a la clase política nacional

Una ola de negro pesimismo, arrollándolo todo, amenaza cubrir las cimas mismas en que se han refugiado los idealismos mas ingentes y luminosos de la vida. El culto de un utilitarismo burdo y grosero tiende a ahuyentar de muchas almas el amor mismo de la patria. Solo hay simpatías y genuflexiones para el becerro de oro. Va siendo cada vez más reducido el número de los que sin mira de interés mezquino laboran tesoneramente por la realización de un propósito de verdadera grandeza nacional. El instinto del rebaño, cada vez más acentuado, tiende a justificar al superhombre nietzcheniano. Como serpiente que va lentamente comprimiendo su presa, un criterio de refinado escepticismo, de acerba y cruel negación, prima en casi todas las esferas reduciendo el espacio en que aun se yerguen excelsos principios de libertad, de derecho y de justicia. Como si hubiésemos perdido el rumbo, parece que vagamos al azar, completamente extraviados, como el personaje de una leyenda fantástica, por una selva sombría, pisando indiferentes los cadáveres de las cosas que más ennoblecen y justifican la vida.

No importa. Ante el indiferentismo y el pesimismo imperantes, que amenazan no dejar en pie ninguna creencia, alzo mi voz serena apacentada constantemente en un ideal de encendido amor patrio.

Antaño azules y rojos se disputaban sañudamente el poder incurriendo en extremos aterradores de violencias y de odios.

Pero en esas banderías políticas existía siempre un fondo de fanatismo personal en que la pasión, encendida y desbordada, prestaba al sangriento pugilato formas de cierto colorido romántico en que no había asomos de lucro individual, y que, desde cierto punto de vista, atenuaban las crudezas del tremendo choque partidarista. Ya no se ve nada de eso. Hoy no se lucha sino por el mendrugo, por la ración, por el empleo. No se cree en nada ni en nadie. Las palabras resonantes de paz, patria, libertad, progreso, organización y tantas otras, son términos convencionales, especie de epitafios puestos sobre cosas ya muertas en el ánimo de muchos, etiquetas o rótulos con que caudillos de segundo o tercer orden y escritores de cierta laya encubren vanidades pueriles, bastardas ambiciones y menguados apetitos. Quien, en estas horas de tristeza, explorase serenamente ciertos rincones de nuestra psicología política retrocedería espantado viendo en ella solo fructificar los gérmenes morbosos precursores de un fatal y completo desquiciamiento.

En la vesania colectiva que en estos momentos dolorosos pone acerbo duelo en las almas cabe una gran responsabilidad tanto a los de arriba como a los de abajo. Parecenme tan culpables los que siempre se han aferrado al poder como si lo gozasen por juro de heredad como los que sin pararse en barras tratan de arrojarlos de las alturas para ponerse en su lugar. Parecemos como un pueblo prematuramente envejecido que, indiferente, en plena inconsciencia, espera su extinción entregándose con fruición bizantina a algaradas sangrientas que apresuren el inevitable resultado.

Aun es tiempo de salvarnos. Hagamos un alto estable en la luz. Detengámonos al borde del abismo, del negro abismo en que vamos a precipitar impíamente la patria de nuestras glorias de nuestros amores. Que cada cual sacrifique algo de sus particulares ambiciones para llegar a una situación de relativa estabilidad de todos y para todos a fin de restañar heridas y hacer reinar una paz moral, una paz espontanea a cuya sombra puedan tener vida efectiva las instituciones desarrollarse todos los inmensos veneros de riqueza que oculta nuestra tierra en sus fecundas entrañas. Aun podemos, si lo deseamos sinceramente, alcanzar un próximo mejoramiento en todos los aspectos de la vida nacional. Levantemos un altar a la diosa esperanza. No nos dejemos vencer por un torpe y disolvente pesimismo.

Federico García Godoy

16 de agosto de 1912.

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