En el libreto propagandístico del Palacio Nacional, la República Dominicana se ha convertido en un oasis de bonanza e insuperable progreso. Con un desparpajo que raya en la provocación, el relato oficial se atreve a pregonar una falacia descomunal: que hoy el pueblo dominicano vive mejor que en el año 2019. Sin embargo, fuera de las oficinas con aire acondicionado y de los discursos de autoelogio, en el territorio real de las familias trabajadoras, esa afirmación no es solo una mentira; es un insulto directo a la inteligencia y al sufrimiento diario de la gente.
Para sostener la ilusión de que la «pobreza monetaria» y la subalimentación se han desplomado a mínimos históricos, el aparato estatal ha montado un circo de prestidigitación estadística. La gran hazaña del Gobierno no ha sido mejorar estructuralmente las condiciones de vida de los dominicanos, sino perfeccionar el arte del maquillaje macroeconómico financiado con endeudamiento público irresponsable.
- La trampa de la «pobreza monetaria»: Salir del papel sin salir de la miseria
La trágica farsa de la reducción de la pobreza descansa sobre una línea de corte arbitraria y miserable. Para los contables del Estado, una persona «deja de ser pobre» si su ingreso supera por un puñado de pesos una canasta de subsistencia teórica. Un ciudadano que gane RD$ 100 pesos por encima de ese umbral es inmediatamente catalogado como un «caso de éxito». No importa que no pueda pagar la receta médica, que se le inunde la vivienda cuando llueve o que viva con la soga al cuello; en la computadora del Gobierno, ya forma parte de la próspera clase media.
Peor aún: para abultar artificialmente el ingreso de los hogares y hacerlos «salir de la pobreza», la metodología oficial suma remesas enviadas desde el extranjero por dominicanos ausentes, subsidios estatales de contención social y hasta el llamado «alquiler imputado» —un valor monetario ficticio que le asignan al hogar por el simple hecho de no pagar renta—. Es decir, el Estado contabiliza fantasías financieras para maquillar la incapacidad del mercado laboral.
- Salarios de hambre vs. la realidad del colmado
La prueba más demoledora de la mentira oficial es la abismal brecha entre lo que gana un trabajador y lo que cuesta comer en este país:
- El salario de supervivencia: El sueldo mínimo promedio en la República Dominicana continúa cubriendo, en el mejor de los casos, apenas un 35 % a 40 % de la canasta básica familiar, la cual supera de manera asfixiante los RD$ 47,000 pesos mensuales según las propias cifras del Banco Central.
- El trabajador pobre: Cerca del 40 % de la fuerza laboral dominicana sufre de pobreza laboral. Tener un empleo formal de ocho o diez horas diarias ya no garantiza librarse de la miseria. Hoy, el trabajador dominicano promedio trabaja más y su sueldo es mejor que en 2019, pero compra sustancialmente menos.
- El castigo de la inflación en la mesa: Aunque las autoridades presuman de controlar la inflación general, la inflación acumulada en el renglón de Alimentos y Bebidas No Alcohólicas ha destrozado el presupuesto popular. Decir que se vive mejor que en 2019 cuando más del 50 % de la población ha tenido que recortar la cantidad de comida, eliminar las proteínas de su dieta o reducir las tres comidas a dos, es una muestra de puro cinismo gubernamental.
III. El espejismo del pluriempleo: Explotación vendida como progreso
Cuando el Gobierno celebra que «los ingresos del hogar han subido», esconde una verdad atroz: la gente no gana más porque sus puestos de trabajo sean mejores o más productivos, sino porque se está matando a trabajar.
El crecimiento del pluriempleo y de la informalidad desesperada significa que el padre o la madre de familia deben encadenar dos y tres jornadas laborales, vender comida por las noches o hacer transporte informal los fines de semana para reunir los pesos que faltan. El Estado le llama «incremento del ingreso familiar» a lo que en realidad es el agotamiento físico, la destrucción de la vida familiar y el deterioro sistemático de la salud de la clase trabajadora.
1. La muleta del subsidio: Comprar estadísticas con asistencia social
Detrás de este espejismo existe un mecanismo aún más grave: la trampa asistencialista. Para mantener a millones de familias apenas un milímetro por encima de la línea oficial de indigencia, el Gobierno destina sumas multimillonarias a programas de transferencias sociales (Supérate, Aliméntate, Bonogás, Bonoluz y subsidios a combustibles).
- El sesgo de la tarjeta social: Como la pobreza monetaria solo mide cuánto dinero «ingresa» al hogar, la tarjeta estatal funciona como un respirador artificial. Si el Estado le deposita a una persona unos miles de pesos al mes, el sistema informático lo clasifica automáticamente como alguien que «salió de la pobreza».
- Crear dependencia, no desarrollo: No se está capacitando a la población ni integrándola formalmente al mercado laboral con salarios dignos; se le mantiene en un estado de vulnerabilidad crónica dependiente del cheque estatal mensual para usarlo como masa de maniobra electoral y estadística.
La gran paradoja: Deuda internacional para pagar gasto corriente
Lo verdaderamente alarmante es el mecanismo de financiamiento de esta política: el déficit fiscal recurrente y el endeudamiento externo desenfrenado.
En una economía sana, el gasto corriente (incluidos los subsidios) debe cubrirse con los ingresos fiscales ordinarios. Sin embargo, el Estado dominicano ha caído en una dinámica suicida:
- Préstamos para gastos operativos: Cada año, el Congreso Nacional aprueba miles de millones de dólares en nuevos empréstitos con organismos multilaterales (BID, Banco Mundial, BCIE) y emisión de bonos soberanos en los mercados internacionales.
- Cubrir lo cotidiano con tarjeta de crédito: Una porción significativa del endeudamiento no se destina a infraestructura productiva —presas, redes eléctricas o escuelas que generen retorno económico—, sino a tapar el déficit presupuestario, pagar la hipertrofiada nómina pública y financiar el asistencialismo. “Financiar el consumo de hoy con deuda a 20 o 30 años equivale a pedir un préstamo bancario para comprar la comida del mes: una receta segura para la quiebra.”
- El peso del servicio de la deuda: Como resultado, el pago de intereses de la deuda pública consume cerca de 23 de cada 100 pesos que el Estado recauda en impuestos, superando con frecuencia la inversión destinada a salud pública u obras de infraestructura esenciales.
Conclusión: Un Espejismo con Fecha de Caducidad
¿Se vive mejor que en 2019?
- No vive mejor el padre de familia que ve cómo el sueldo se le disuelve en la primera semana del mes.
- No vive mejor la madre que tiene que sustituir la carne y los lácteos por carbohidratos baratos para «llenar estómagos».
- No vive mejor el trabajador que produce más por hora que hace seis años, pero recibe un salario real congelado en el tiempo.
El Gobierno dominicano ha construido un modelo insostenible: mantiene salarios estancados, reparte subsidios de supervivencia para maquillar la miseria y pide prestado en el extranjero para pagar esos subsidios.
El relato oficial de la bonanza dominicana es un castillo de naipes edificado sobre metodologías complacientes, promedios manipulados y propaganda de Estado. En la República Dominicana de hoy, las únicas cifras que han progresado son las de la propaganda gubernamental; la realidad del pueblo llano sigue siendo la misma de siempre: una lucha feroz e injusta contra el costo de la vida.
Celebrar que la pobreza baje o que se «sale del mapa del hambre» bajo este esquema no es una política de desarrollo: es un “populismo fiscal de alto riesgo.” El día que el crédito internacional se encarezca o el margen fiscal se agote, la ilusión se desmoronará, dejando al país con los mismos pobres de siempre, pero con una deuda colosal que deberán pagar las futuras generaciones.
Por: FVL



