En el papel y en las notas de prensa oficiales, la República Dominicana ostenta un diploma de honor emitido por la diplomacia internacional: haber salido del “Mapa Mundial del Hambre”. La narrativa suena idílica para el consumo exterior y los titulares de prensa gubernamentales. Sin embargo, en el mostrador del colmado, en la góndola del supermercado y en la mesa de los barrios populares del país, el relato se desmorona ante la contundencia de la realidad: “la gente está comiendo menos, más caro y de peor calidad.”
La proclamada hazaña se sostiene sobre una sutil posverdad estadística. Para la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), superar el «umbral del hambre» significa, única y exclusivamente, que la Prevalencia de Subalimentación (PoU) cayó por debajo del 2.5 % de la población. Pero ¿cómo se llega a esta cifra? Ahí radica la gran trampa de los promedios macroeconómicos.
La ficción matemática: Importaciones, turismo y calorías teóricas
La metodología de la FAO “no entra a la cocina del dominicano ni verifica cuántas veces se enciende la estufa al día en un hogar de escasos recursos.” La entidad utiliza la denominada Hoja de Balance de Alimentos, una ecuación que suma la producción nacional más las importaciones, resta las exportaciones y divide el total de calorías resultantes entre la población entera.
Si el país incrementa sustancialmente la importación de alimentos —destinados en gran medida a abastecer a más de siete millones de turistas, a la industria hotelera y al consumo de los sectores de mayores ingresos—, el promedio nacional de “calorías disponibles por persona” se dispara automáticamente hacia arriba. En la computadora de la FAO, el hambre disminuye; en la práctica diaria, esos alimentos importados jamás tocaron la mesa de los sectores vulnerables. Dividir el consumo del complejo turístico de Bávaro entre el habitante de un barrio periférico no alimenta al hambriento: solo maquilla el cálculo.
El sesgo de la fuente: Datos oficiales a la medida
A esta debilidad metodológica se suma un factor determinante: “la materia prima de la FAO son las estadísticas que le suministran las propias instituciones gubernamentales.” En un contexto donde la gestión pública prioriza el manejo de la percepción y la proyección de logros macroeconómicos, alimentar los modelos internacionales con datos optimistas de producción local o encuestas de ingresos desactualizadas se convierte en la herramienta perfecta para fabricar un éxito estadístico exportable a la comunidad internacional.
La realidad de la canasta básica: Sueldos estancados y poder adquisitivo destruido
Mientras el discurso oficial celebra la disponibilidad de calorías teóricas, la economía del hogar dominicano enfrenta un estrangulamiento sistemático:
- Salarios que no cubren la subsistencia: El salario mínimo promedio en la República Dominicana continúa cubriendo, en el mejor de los casos, apenas un 35 % de la canasta básica familiar nacional (calculada por el Banco Central por encima de los 45,000 pesos). Trabajar un mes completo en el sector formal ni siquiera garantiza la compra de los alimentos esenciales.
- El deterioro de las tres comidas: Más del 50 % de la población ha experimentado una pérdida neta en su poder adquisitivo a causa de la inflación acumulada. Esto se traduce en un fenómeno evidente: familias que han tenido que reducir de tres a dos (o una) las comidas diarias, sustituyendo proteínas y alimentos nutritivos por carbohidratos baratos para simplemente «llenar la barriga».
- La paradoja nutricional: Se confunde adrede el volumen calórico con la seguridad alimentaria. Un país no ha superado el hambre porque su población consuma calorías vacías para sobrevivir; lo hace cuando sus ciudadanos tienen acceso económico garantizado a una dieta sana, equilibrada y asequible.
La posverdad de las cifras
Decir que la República Dominicana “salió del mapa del hambre” no es solo un exceso de optimismo; es una forma de posverdad institucionalizada. Se toma un indicador técnico estandarizado para vender la idea de que la precariedad alimentaria ha sido superada en el territorio nacional.
El verdadero “Mapa del Hambre” no se dibuja en las oficinas de los organismos multilaterales ni en los despachos ministeriales con gráficos de importación. Se mide en el déficit real del presupuesto familiar, en la brecha insalvable entre el salario y el costo de la vida, y en la resignación de millones de trabajadores que ven cómo el crecimiento económico de las cifras oficiales jamás se traduce en comida digna para su familia.
Por Francisco Ventura de León



