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Seguridad en RD, un Estado que administra el miedo

La crisis no es solo criminal. Es política, institucional y moral.

Cada vez que ocurre un homicidio que impacta, un asalto viral o una tragedia vinculada a la delincuencia, el aparato estatal dominicano reacciona con el mismo libreto, el anuncio de más patrullas, operativos, más peroratas y nuevas promesas de “mano dura”. Sin embargo, pasan gobiernos, cambian ministros, se renombran los planes y el problema persiste.

¿Por qué?

Porque el verdadero problema de seguridad en República Dominicana no es únicamente la delincuencia. El problema es que el sistema completo de prevención, control y sanción opera como una maquinaria desarticulada, improvisada y profundamente contaminada por intereses políticos, clientelismo e impunidad.

La República Dominicana vive una peligrosa contradicción, mientras algunos indicadores oficiales muestran reducción de homicidios, la percepción de inseguridad sigue creciendo. El ciudadano no se siente protegido, porque sabes que detrás de cada operativo existe un sistema débil, fragmentado y sin continuidad.

– La seguridad pública convertida en espectáculo político.

– La seguridad ciudadana en el país ha sido utilizada más como herramienta electoral que como política de Estado.

Invertir seriamente en prevención, educación, recuperación de espacios público, barrios, fortalecimiento institucional y reforma policial, requiere entre 4 y 10 años de trabajo sostenido. Eso no produce titulares inmediatos ni fotografías para campañas políticas. Por eso los gobiernos prefieren medidas visibles, rápidas y mediáticas, aunque no solucionen nada estructuralmente.

Se anuncian “planes integrales”, pero muchos terminan siendo simples operaciones cosméticas para calmar momentáneamente la opinión pública.

El problema es todavía más grave, enfrentar las verdaderas raíces de la violencia en sus diferentes manifestaciones implica tocar intereses políticos y económicos enquistados en barrios, sindicatos informales, redes de microtráfico y estructuras clientelares. Y muchos funcionarios prefieren coexistir con el problema antes que enfrentarlo.

En otras palabras, administrar el caos resulta políticamente menos costoso que desmontarlo.

Un Estado donde nadie es responsable de nada. La inseguridad en República Dominicana también es consecuencia directa de una alarmante anomia institucional.

El Ministerio de Interior coordina. La Policía ejecuta. El Ministerio Público persigue. El Poder Judicial juzga. Salud atiende víctimas. Educación debería prevenir. Los ayuntamientos gestionan territorios. Pero cuando la violencia aumenta, ninguna institución asume responsabilidad integral.

Cada entidad trabaja como una isla burocrática defendiendo estadísticas propias, prioridades distintas y discursos desconectados entre sí. No existe una cultura real de coordinación obligatoria ni mecanismos efectivos de rendición de cuentas compartidas.

La consecuencia es devastadora, el crimen sí funciona como red, pero el Estado combate fragmentado. Y mientras las bandas se coordinan mejor que las instituciones, el ciudadano queda atrapado en medio del vacío.

La tragedia del clientelismo, instituciones secuestradas por la política.

Uno de los factores más destructivos y menos discutidos públicamente, es el clientelismo político dentro de las instituciones encargadas de garantizar seguridad y convivencia.

Aunque existen leyes de carrera administrativa y policial, cada cambio de gobierno provoca remociones masivas, sustituciones por lealtad política y nombramientos sin criterios técnicos claros.

No siempre asciende el más preparado. Muchas veces asciende el más conectado políticamente. Eso destruye la continuidad institucional, desmoraliza al personal técnico y convierte organismos fundamentales en espacios de favores políticos.

La seguridad ciudadana no puede depender de cuotas partidarias. Cuando los cargos estratégicos son ocupados por compromiso político y no por capacidad, el resultado inevitable es la improvisación, ineficiencia y deterioro institucional.

Y el problema no se limita exclusivamente a la Policía Nacional. También alcanza hospitales, oficinas sociales, distritos educativos y estructuras comunitarias que deberían intervenir preventivamente en los territorios más vulnerables.

Educación débil, tejido social roto y violencia normalizada.

Ningún país reduce sostenidamente la criminalidad solo con patrullas y operativos.

La violencia también crece donde fracasa la educación, colapsa la familia, desaparecen los espacios públicos y comunitarios y, se normaliza la cultura de la agresión.

República Dominicana enfrenta un fenómeno delicado, miles de jóvenes terminan la escuela sin competencias básicas reales, sin oportunidades laborales y sin perspectivas claras de movilidad social.

En muchos barrios, el microtráfico y la economía ilegal ofrecen lo que el Estado no logra garantizar, dinero rápido, identidad, protección y sentido de pertenencia.

El vacío que dejan las instituciones legítimas es ocupado por estructuras criminales. Mientras tanto, mecanismos tradicionales de mediación social —familias extendidas, clubes culturales, juntas de vecinos e incluso iglesias— han perdido influencia o capacidad operativa.

La consecuencia es visible, generaciones enteras creciendo en entornos donde resolver conflictos mediante violencia comienza a verse como algo normal. Y ninguna reforma policial resolverá eso por sí sola.

Leyes que existen, pero no se cumplen.

República Dominicana tiene un problema recurrente, aprueba leyes modernas que luego abandona en gavetas institucionales.

La Ley 590-16 sobre reforma policial sigue parcialmente ejecutada casi una década después. La Ley 176-07 obliga a los ayuntamientos a invertir en prevención y convivencia, pero en muchos municipios simplemente no se cumple. La Ley 63-17 establece un marco de seguridad vial integral, mientras el país continúa entre los más peligrosos del mundo en muertes por accidentes de tránsito.

El patrón es siempre el mismo, se legisla para anunciar, no para transformar. Y como no existen mecanismos fuertes de sanción por incumplimiento institucional, nadie paga consecuencias reales.

En República Dominicana, muchas veces incumplir la ley desde el Poder sale gratis.

El círculo perverso de impunidad. La desconfianza ciudadana no nace únicamente del delito. Nace también de observar cómo el sistema penal fracasa constantemente.

– La Policía somete expedientes deficientes.

– El Ministerio Público investiga con debilidades técnicas.

– Los tribunales colapsan por mora judicial.

– Las cárceles funcionan como escuelas del crimen.

El resultado es un ciclo perverso donde la ciudadanía percibe que el delincuente entra y sale del sistema sin consecuencias reales. Y aunque muchas veces existan esfuerzos honestos dentro de las instituciones, la percepción pública termina dominada por los casos de corrupción, complicidad o incompetencia.

La impunidad no siempre significa ausencia de leyes. Muchas veces significa falta de voluntad política e incapacidad estructural para aplicarlas correctamente.

El problema que nadie quiere enfrentar, armas, narcotráfico y economía informal.

Existe además una discusión que el país evita abordar con suficiente seriedad. La circulación ilegal de armas continúa siendo alarmante.

El microtráfico sigue funcionando como economía paralela en numerosos sectores vulnerables. Y amplias zonas urbanas sobreviven bajo dinámicas informales donde el Estado tiene presencia limitada o puramente simbólica.

Mientras no existan oportunidades económicas reales, empleos dignos y recuperación territorial sostenida, la prevención seguirá chocando con la desesperación social.

No se combate el crimen únicamente con operativos. También se combate construyendo ciudadanía, oportunidades y legitimidad institucional.

El país no necesita otro “plan”: necesita voluntad de Estado.

La República Dominicana probablemente no necesita otro documento estratégico lleno de diagnósticos técnicamente correctos y políticamente olvidables.

– Necesita algo mucho más difícil, voluntad real de ejecución.

– Necesita una autoridad con capacidad de obligar coordinación institucional.

– Necesita datos públicos, verificables y transparentes.

– Necesita presupuestos protegidos por ley.

– Necesita sanciones reales por incumplimiento.

– Necesita blindar técnicamente los nombramientos estratégicos.

– Necesita transformar la seguridad ciudadana en política nacional y no en herramienta electoral.

Porque mientras la inseguridad siga siendo administrada desde la improvisación del gobierno, el clientelismo y el cálculo político, ningún operativo devolverá la tranquilidad perdida de los ciudadanos.

Y el mayor peligro para la Republica Dominicana no es solamente el crimen, es cuando la población comienza a sentir que el Estado ya no tiene capacidad —o interés— de protegerla.

Por Francisco Ventura de León

 

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